Great Expectations (by JR, parte 2)
Tal como las hojas caen, las nubes lloran y el viento arrecia, el tiempo pasa. En momentos a cuentagotas, otros, a ráfagas que sólo mitigan el dolor y reniegan de sueños. En altamar, las olas golpean la proa del bote y salpican poco a poco el rostro de un individuo alejado de sueños y de ideales. Las gotas de agua salada cubren los brazos y rostro del que alguna vez fue un niño con ilusiones y deseos, con fe en las personas. Eso quedó atrás. Al igual que su pasión por el arte, al igual que Estella.
Así es, Finn abandonó sus dibujos y dejó de ir a “Paradiso Perduto”. Se dedicó a ayudar a Joe en su nuevo barco de pesca, el cual consiguió por un precio relativamente barato, considerando que tuvo que arreglarle el motor y la cubierta. Su sobrino le ayudó en parte al vender la mayoría de sus cuadros a algunos vecinos y conocidos. No le encontró sentido el conservarlos: a la semana de haber partido Estella, mandó varias obras a diversos lugares con la finalidad de que le dieran una oportunidad de exponer y, tal vez así, vender algunas pinturas, ser rico y estar a la altura de la joven Dinsmoor. Sin embargo, sólo un lugar respondió, dos meses después, adquiriendo un cuadro por US$200: el Banco Central de Washington. Al ver sus esfuerzos en vano, y la necesidad de dinero, todo lo que alguna vez considero su más grande tesoro se volvió una carga que sólo podía ser aliviada al deshacerse de ella. Con los apenas US$2000 de la venta de sus materiales y obras, fue suficiente para arreglar la cubierta del bote.
Han sido 7 años desde la fecha en que la luz de los ojos de Finn se borró. Ahora ha fortalecido su cuerpo para las arduas labores diarias de la pesca: las redes han sido permitidas de nuevo y la pesca con arpones para ciertas especies ya es permitida en algunas zonas. La jornada empieza a las cinco de la mañana y finaliza doce horas después. Este día aguarda una sorpresa para nuestro amigo.
Al terminar la jornada, y con 30 kilos de pescado, principalmente tuna, Joe y Finn llegan al muelle y antes de que puedan afianzar el bote, un señor de complexión bastante robusta, con una barba de candado que adorna un rostro que pareciera el de un niño: regordete y todavía con las mejillas rosadas. Está ataviado en un traje color blanco marfil, y con sombrero ancho principalmente en blanco con una franja negra alrededor de toda la prenda. Pero lo que más llamó la atención de los pescadores fue el maletín que llevaba consigo, que hacía juego con los zapatos color marrón.
Apenas bajaron de la embarcación el sujeto se presenta como Jerry Ragno, agente de relaciones públicas con oficina en Nueva York.
-Busco al señor Finnegan Bell- expone mientras observa al más joven de los navegantes.
-Soy yo- nuestro protagonista responde con un dejo de reserva.
- Señor,- extiende la mano hacia Finn- estoy aquí para ver sus sueños hacerse realidad.- concluye. Ambos individuos, todavía en el bote, ríen.
Pasados algunos minutos, y habiéndose acomodado en una mesa con una excelente vista a la costa, en un restaurante anexo al muelle, Joe pide dos cervezas para él y Finn, al igual que un martiní para su acompañante; a éste le pide que no se refiera a ellos como (haciendo ademanes de comillas en el aire) “señores”.
El extraño individuo les explica que fue contratado por una persona, que prefiere permanecer de momento en secreto, para cumplir los sueños del joven Bell. Éste se muestra reacio a lo que le está diciendo, pero comienza a creerle cuando Ragno le dice que gracias al anónimo que lo contactó, hay una persona dispuesta a observar su obra y exponerla en una galería en Nueva York.
- No me explicó mucho, pero de seguro ésta persona habrá visto tu obra, ¿has mandado muestras de tus trabajos a alguien?
- Si, hace años... Pero ya no pinto señor.
- ¿Has expuesto alguna vez?- inquiere el regordete agente.
- Por su puesto que si.- interrumpe Joe, como si la pregunta fuera para él- Tiene un cuadro expuesto en el Central de Washington.
- ¿La Central de Washington?- duda Ragno, a la vez que da un sorbo de su bebida.
- El banco. El Banco Central de Washington...- explica Finn. El agente hace una mueca de risa emanada del comentario del viejo tío. -Pero no entiendo...- Finn continúa, para luego hacer una pausa y beber de la botella de cerveza que tiene en su mano derecha- ¿está diciendo que una persona supo de mi y quiere ayudarme?
- Por lo que veo,- se quita su sombrero y comienza a usarlo como abanico- éste mecenas incógnito está muy interesado en verte realizar ese sueño.- concluye. Joe observa a Ragno hasta que termina su enunciado, luego voltea a Finn. Le sonríe. El sobrino responde con igual expresión y todavía con una expresión un poco extraña prosigue:
- Está bien...pero ha de saber que tengo bastante tiempo sin pintar algo...
- Tienes tiempo – toma su valija del piso y la abre; saca un sobre- para recuperar lo perdido y sorprender a la dueña de la galería – le da el sobre a Finn, éste lo toma con duda-. Aquí está el boleto de avión a Nueva York, la dirección del departamento que se te ha rentado, mis teléfonos y dirección, dinero para materiales, comidas y demás gastos. Mucho gusto Finn, te espero en la Gran Manzana. Joe, un placer.- concluye, da un último sorbo a su martín, se levanta y toma rumbo a la puerta del restaurante mientras Joe y Finn no pueden concebir lo que ha pasado y ríen de felicidad. De una felicidad que hacía años no eran beneficiarios. De una felicidad de no muy clara procedencia, pero al fin y al cabo, felicidad. Joe grita a la lejanía, esperando que su anterior acompañante lo escuche: “¡Ragno, eres el mejor!”. Él responde, de espaldas, levantando su mano izquierda y despidiéndose.
El muchacho vuelve a beber de su cerveza. Cuando todo el líquido restante de la botella ha recorrido su garganta, sonríe. Sonríe como no lo había hecho en mucho tiempo: su mente comienza a bañarse de todo lo que mantuvo a la sombra en estos años; la inventiva y la imaginación iluminan su rostro y le dan nueva vida a sus ojos. El color ha vuelto a formar parte de su semblante. Mientras se abraza y ríe con su tío, un estimulante corre por su organismo. No, no es el efecto del alcohol, es algo mucho más fuerte. Es lo que lo animaba antes de conocer a Estella. Lo que lo mantuvo cuerdo cuando la conoció. Lo que abandonó cuando ella se fue: la pintura. Joe lo nota, su sobrino ha vuelto a ser aquél niño que crió desde los ocho años; aquél por el que soportó la huída de Maggie; aquél por el que lloró en silencio cuando vio que abandonaba la pintura; aquél con el que maduro al mismo tiempo. Ahora, como aquél niño, Finn vuelve a tener anhelos. Y ésta vez, piensa cumplirlos.
Sin embargo, la situación no podía ser más extraña: un tipo raro de Nueva York, contratado por una persona que prefiere el anonimato, va a fungir como catalizador de un deseo que Finn pensó perdido hace años. Tal vez eso estaba predicho. Tal vez eso quiere el destino de nuestro amigo, que se realice como pintor en la antesala de la pintura moderna. Cómo sea, algunas explicaciones eran necesarias. Y sabía quién podía dárselas: Nora Driggers Dinsmoor.
Los años no pasan en balde, y justo como en los recuerdos de la niñez de Finn, aunque arreglaran el jardín, siempre volvía al que parece su estado natural: una selva diminuta dentro de, la otrora propiedad más fastuosa del Golfo, que en verdad hace honor a su nombre de “Paraíso Perdido”. Esta vez, la hiedra y el enramado pleno en hojas largas no servirán para amedrentar al joven Bell; piensa que detrás de todas sus sospechas se encuentra la señora Dinsmoor. ¿Quién tendría el dinero suficiente para ayudarlo?, ¿quién sabe de sus sueños de pintar?, ¿quién sería capaz de entrometerse tanto en su vida?... Dentro de este planteamiento, Finn pretende resolver sus dudas: es cierto, la Sra. Dinsmoor lo tenía todo planeado. Ella sabía que tarde o temprano el joven Finnegan se enamoraría de Estella; que sólo por la dicha de verla y algún día repetir el acto en la fuente, acudiría a la mansión. También que a su nieta no le era tan indiferente el muchacho, sin embargo, el Golfo era y será muy poca cosa para ella. ¿Y cómo no lo sería? Estella era una niña rica que siempre ha vivido rodeada de lujos, instruida en las maneras correctas de la alta sociedad por su abuela (quién la crió desde muy pequeña, puesto que sus padres siempre estaban ocupados con el negocio familiar al otro lado del país, en la costa oeste), era lógico que una zona tan pequeña, dedicada mayormente a la pesca, con zonas pantanosas, poca urbanización y con escasa escena social no bastarían. Durante años, ambas mujeres Dinsmoor “emplearon” la buena voluntad y el deseo de Finn para divertirse y olvidarse por un momento de la aburrida vida en un área ideal para vacacionar, pero que al vivir ahí, significaría estancarse en todos los sentidos. Al parecer, la anciana notó en algún momento que Finn no deseaba quedarse anquilosado en su hogar, él quería más. Quería a Estella.
Tanto tiempo y la casona se mantiene casi igual a la última vez. El oro del techo se ve más gastado y la fuente se ha secado. La música en el salón, sin embargo, es la misma que la primera vez: “Bésame...bésame mucho... each time I bring you a kiss/Chikaboom/... I hear music divine..../Chikaboom...”
-Sra. Dinsmoore...- se acerca, como en aquella ocasión, con la timidez que emana a flor de piel por no haber asistido por tanto tiempo sin si quiera haber dado una explicación.
- Finn... hace mucho que no visitabas este lugar. Lo lamento, Estella no está- responde la anciana, como si sólo hubieran pasado semanas de la partida de su nieta. Se maquilla sin voltear a ver al joven. Con la atención fija al espejo de aumento incrustado al tocador de caoba, toma el delineador.
- Si, lo sé...Sólo vengo a despedirme.
-¿Despedirte?- inquiere, pausando su retoque.
- Si, voy a ir con el señor Ragno a...
- Araña...- interrumpe la mujer, reanuda su actividad.
-¿Araña?
- Ragno es “araña” en italiano.
- Mmmhh... Bien, voy a ir a Nueva York.
- Nueva York...Estella está ahí- deja el delineador y toma el lápiz de labios.
La mirada de Finn cambia por completo. Sus ojos abren más grandes y su boca lo hace de una forma más reducida. No puede pensar bien por un instante. Instante que sólo se compara en duración al de la primera vez que besó a Estella. Aunque, la ilusión muere más rápido: Nueva York es una ciudad enorme, con millones de habitantes, la esperanza de verla es muy reducida. Y de pronto, todo cambia cual página de un libro: rápido y sin remordimiento, pues se ha aprendido de lo anterior. Si la joven Dinsmoor no tuvo la gentileza de despedirse de Finn, él no intentaría buscarla. Si durante años calló un dolor tan grande por la pérdida de un amor confuso e incluso incómodo, ahora no puede permitirse el explotar en un momento de arrebato. No. Ya no es el mismo muchacho ingenuo que las mujeres Dinsmoor usaron para jugar. Ya no.
- Mándame una invitación...- dice la Sra. Dinsmoor, interrumpiendo el pensamiento de Finn. Continúa maquillándose.
- ¿Una invitación?
- Si, vas a Nueva York a exponer tu obra ¿o me equivoco? Siempre supe que tenías talento...- con ésta pregunta, las dudas del joven Bell se han respondido: Nora Driggers es su mecenas y la que moverá las cuerdas de la gente en la Gran Manzana para que él pueda sobresalir. Aunque, ¿qué estará tramando ahora?
- De acuerdo.- Finn sale del salón, no sin antes escuchar un último alarido de la anciana, que ha terminado de maquillarse y voltea al muchacho: rimel excesivo, sombras cargadas, lápiz de labios intenso e incluso un lunar pintado son el marco de una señora de edad avanzada que alcanza a expresar: “¡Ve por Estella, muchacho!”
Tras dejar apresuradamente la casona, Finn se dirige a su futuro.
A veces es difícil imaginar obviedades como la caída de las gotas de agua desde más de treinta mil pies de altura: cómo nace la pequeña gota de las entrañas de las nubes y logra salir, cual si fuera una lágrima que se vierte de vez en cuando. Emana lentamente y cae. Cruza el límpido (en el mejor de los casos) rostro del cielo y termina su recorrido al caer al vacío. Un vacío físico o emocional, pero eternamente vacío. Cómo toda lágrima. Y siempre es lo mismo: el sollozo del cielo representa todas y cada una de las sensaciones que las personas temen expresar y, sólo en cada precipitación, los habitantes de éste mundo las recuerdan.
Si, y ahora, ambas lágrimas se mezclan: las del cielo y las de Finn. Ha llegado a Nueva York en un domingo lluvioso del mes de octubre, sin más que la ropa que trae puesta y el sobre que le dio Ragno. Cruza las calles del distrito de Soho en una noche lluviosa. Llora de felicidad, por la dicha de consagrar su deseo, por el placer de demostrarle a Estella y a la Sra. Dinsmoor que puede comerse la Gran Manzana. Trae consigo una botella de ron de la que ha consumido más de la mitad; también lo acompaña un sentimiento producto del rencor hacia la joven Dinsmoor, y sin embargo, desea verla. Verla para mostrarle que ya no es el pobre niño ingenuo que conoció ni mucho menos el muchacho estúpido que vio la última vez. Los muros de las casas y tiendas del vecindario están empapadas. Nuestro amigo se detiene ante un graffiti del mar, que le recuerda a la vista desde la terraza de “Paradiso Perduto”. Arroja la botella todavía con líquido adentro. Se rompe en muchos pedazos de vidrio y riega todo el líquido por la calle. Así es como se siente: de él depende aprovechar la oportunidad, vender sus pinturas, ser rico y por fin liberarse de la atadura que lo une a Nora Driggers y a su nieta. Ellas son ese vidrio que está dispuesto a romper, no sin antes mostrarles que ya no pueden controlarlo y, sobretodo, que puede estar a su nivel.
“Me detuve a pensar un poco en las cosas que he hecho en mi vida... Y fue en ese breve y violento instante que se fueron... La chica, el dinero, la fama, la venganza... Todas eran obsesiones malsanas de la Sra. Dinsmoor... Y ahora eran mías. ”
Camina un par de metros más y llega a la puerta trasera entreabierta de un edificio. Un vigilante está recargado en una silla y ésta a su vez a la pared. Las escaleras que dan a los 3 pisos superiores están un poco mojadas y resbalosas y en la parte más baja tienen un poco de lodo, Finn comienza a subirlas no con prisa, pero si con premura y cautela. El apartamento de nuestro protagonista se encuentra en el tercer piso. Son las 23:00 horas, y sin importarle en lo más mínimo la cita que tiene al día siguiente, comienza a usar los lienzos y pinturas que Ragno le ha dejado en la habitación. La experimentación inicia sin siquiera buscar una toalla para secarse, sin preocuparse por su salud: esparciendo color directo del tubo de óleo y manipulándolo con las manos. Con pincel en boca, mano izquierda sosteniendo el lienzo y con la diestra dando forma a la pintura verde olivo, Finn despierta lo que permaneció aletargado hasta esa noche. La noche parece cobijarlo e inspirarlo a la vez. La cita con la dueña de la galería no importa en ese momento, sólo aprovechar el tiempo perdido.
Son las 4:00 a.m. y la única luz viva en toda la calle pertenece a la morada de nuestro amigo. Se siente bien. La lluvia continúa golpeando suavemente las cuatro ventanas de la pieza.
-Vamos muchacho, ¡despierta!- demanda Ragno. Finn abre lentamente los ojos, y se da cuenta de que ha dormido en el piso y se encuentra manchado de colores en manos, brazos y cara. Su regordete compañero le exige que se de un baño y se prepare para la reunión con Ericca Thrall, dueña de una de las galerías más importantes de Nueva York, dado el apoyo que brinda a nuevos talentos. El joven Bell se levanta y se dirige al baño. “Espérame, Jerry”, articula apenas.
Al estar frente al espejo del baño, se quita la camiseta y observa fijamente al reflejo: por primera vez logra verse como él deseaba. Ya no es ese niño de grandes ojos color marrón, con el cabello castaño rojizo y con algunas pecas en la nariz. Ni ese muchacho delgado con el cabello alborotado que había cambiado la expresión pueril de su mirada por la de alguien completamente devoto al despecho de una mujer que ni siquiera volteaba a verlo. Ni mucho menos el joven adulto desaliñado, con incipiente barba y bigote, de semblante gris, con cuerpo esculpido por las labores del mar pero con tristeza a cuestas. No, ahora nada de eso forma parte del reflejo. Termina de quitarse la ropa, corre la cortina de la bañera y abre la llave de la regadera. Le gusta bañarse con agua fría: el agua se mezcla con el shampoo y el jabón y recorre el cuerpo de Finn. Pareciera que limpia su vida pasada en lugar de las manchas de pintura al ver la expresión de alegría en su rostro. Se siente bien, se siente vivo...Y tiene razón, aunque la luz ha llenado sus ojos de nuevo, es una luz que todavía posee tonos de duda y tristeza. ¿Acaso siente miedo?, ¿acaso se siente en deuda con la Sra. Dinsmoor por ayudarle?, ¿acaso extraña a Estella?, ¿acaso no puede odiar a Estella? El agua sigue corriendo.
Ragno espera impaciente en la puerta de la habitación. Finn sale ataviado con la ropa que su nuevo agente le dejó en la cómoda la noche anterior: una camisa lila, un pantalón negro, un saco negro estilo sport y mocasines negros. No se rasuró por completo, dio forma a una barba de candado que cree, “le va bien”. En vista de la prisa que lleva su compañero, deja todo el desastre de la noche anterior tal cuál. No lleva portafolio, espera poder convencer de esa forma a la Sra. Thrall.
Es la primera vez que Finn está en Nueva York, más bien, es la primera vez que deja el Golfo.
-La zona de Soho fue seleccionada especialmente por la persona que me contrató para que te sintieras inspirado por el ambiente que le rodea- dice Ragno. El joven no logra entenderlo del todo, hasta que su compañero le explica que el vecindario fue formado por artistas entre la década de 1960 y 1970. Significa “South of Houston Street” (al “Sur de la calle Houston”) y, aunque el sobrenombre es el mismo, no se asemeja a la zona de prostitución de Londres. La mayoría de los edificios en algún tiempo fueron fábricas, pero al dejar de operar, dejaron espacio a la creación de estudios y lofts. En los lugares más grandes se formaron boutiques, restaurantes y galerías de todo tipo. Sin embargo, con el tiempo se volvió un área más familiar y yuppie, por lo que perdió parte del sentido bohemio que lo envolvía y el gremio artístico comenzó un éxodo con diferentes direcciones. Una de esas direcciones fue Tribeca, (“Triangle Below Canal Street”, “Triángulo Bajo la calle Canal”), aunque no se asentaron del todo y se dio lugar a un área residencial y de negocios. Y precisamente, en la porción artística que permanece, en el límite de la zona, entrando a Tribeca por el éste, en la esquina de Canal St. y Broadway se encuentra la galería de la Sra. Thrall.
Las puertas anchas de cristal grueso con marcos verdes dan la entrada a la galería. Un espacio bastante amplio, con cuatro pilares en el centro, tal vez representen los puntos cardinales, con amplios ventanales en el techo que dan paso a la luz natural que hace que el color blanco de los muros, pilares y mamparas luzca aún más pulcro. Todavía quedan algunas muestras de la última exposición de esculturas y fotografías. Las placas no son muy buenas, el manejo de luz no es el adecuado.
- Como lo pueden ver, mi galería es la indicada si decides iniciar una fructífera carrera. O una caída estrepitosa- dice la Sra. Thrall. Finn observa a la mujer ataviada con un vestido Versace de líneas verticales de colores claros que van del amarillo al púrpura sobre un fondo negro. Es pelirroja, con ojos de color verde y unos labios voluminosos pintados de rojo. Sin tomarle importancia a la presencia de Jerry, se acerca y observa detenidamente a nuestro protagonista, de pies a cabeza y de cabeza a pies. El Sr. Ragno interrumpe:
- Sra. Thrall, él es Finnegan Bell...-el joven extiende la mano, pero ella ni se inmuta ante el ofrecimiento- el es de quién habíamos hablado- termina en tono nervioso Ragno.
- ¿Tienes algún ejemplo de tu obra?- pregunta Ericca, como si no hubiera escuchado las palabras del agente.
- N-no. Le dije al Sr. Ragno...-la impaciente mujer comienza a dar vueltas, como si buscara algo entre las mamparas y las placas que todavía quedan en ellas- la primera vez que nos vimos, que no tengo ningún trabajo por ahora, pero si pudiera darme algún tiempo...- la Sra. Trall se detiene mientras sostiene una placa con la mano izquierda. Voltea a ver a Finn y le dice que no hay problema:
- Te veré en un mes, y espero que ya tengas algo que mostrarme. Jerry te dará lo que necesites. Jerry- voltea hacia él- cómo siempre, un placer verte- hace una breve reverencia con la cabeza y la mano derecha. Él contesta asintiendo la cabeza.
Si bien la reunión con la dueña de la galería no fue un éxito, sí fue suficiente para proveer de tiempo a un joven que está ansioso por retomar un camino, del cual se desvió al ver a una niña que sólo lo rechazó e hizo menos. Pero eso no importa, el pasado siempre queda atrás, no hay modo de que vuelva a pasar por lo mismo. Y aunque las palabras de la Sra. Dinsmoor resultaran ciertas y ella se encuentre en Nueva York, las probabilidades de que se encuentren son ínfimas.
Es casi mediodía, el sol golpea en su cenit a las aceras de la Gran Ciudad. El bullicio de los autos se vuelve pausado al transitar por la Quinta Avenida para observar las ventanas de las tiendas. A la lejanía se logra percibir a un aventurado motociclista. Desde el punto en que se encuentra Finn se logra ver parte de la fachada del Museo Metropolitano de Arte. Y, aunque nunca ha estado en NuevaYork, ni siquiera las tiendas ni los museos, ni la fastuosidad que lo rodea en Central Park le son interesantes. No, parece más interesante aquél zapato viejo cerca del pequeño montón de basura y hojas, justo al lado del bote de basura. Parece más importante ese ratoncillo que se asoma de entre el pasto. O esa paloma que come de las migas de pan que algún anciano ha dejado desde muy temprano en la banca de frente al joven Bell. Y todo queda plasmado en la libreta que compró al salir de la Galería, en cuestión de segundos gracias a la facilidad que le brinda el uso del carboncillo que acompañaba a dicho cuadernillo. Las aves, a la lejanía, rondan la catedral frente al parque, los autos mantienen su andar semilento y el rasgar del papel en cada trazo simulan la tierra temblar. Eso es lo que deseaba el pequeño Finn: vivir en un mundo de fantasía, a ritmo lento, en otras palabras, vivir en sus pinturas. Ser un pez más en aquella serie de cuadros en el arco del techo de su cuarto, una estrella en el firmamento de su alcoba, un retrato más en la pared oriental. Así era cuando niño: ser feliz con las cosas simples de la vida y la imaginación. Y de repente, Estella.
La ilusión se desvanece de la mente del artista y vuelve a la realidad. El ruido se ha acrecentado un poco más, los vehículos avanzan más rápido, las aves ya no están, y un niño enojado con su mamá, porque no lo lleva al zoológico del otro extremo del parque, ha pateado el zapato y ahuyentado al ratón que se acercaba sigilosamente. El idilio ha terminado. Finn se levanta de la banca en la que ha estado desde que Ragno se fue hace dos, casi tres horas. Se sacude una leve capa de polvo sobre su pantalón con ambas manos. Guarda el carboncillo en un estuche especial de madera que coloca en la bolsa interna del lado izquierdo del saco. Voltea a la izquierda: el camino asfaltado se pierde entre los árboles lejanos y más lejos aún, se logra ver muy tenuemente el Centro Lincoln. Voltea a la derecha: el lago es lo que más atrapa la vista, por lo general, pero para nuestro amigo, el bebedero a unos cuantos metros de donde se encuentra parece más atractivo e interesante. Toma el cuadernillo con su mano derecha.
El artilugio de concreto parece una pequeña torre con un grabado de un ángel en ella. La parte superior mantiene semejanza con el estilo jónico de las antiguas columnas griegas, y en medio de ella, brota el agua por medio de una llave colocada a la base de la sección más alta y adornada. Finn se inclina un poco, acciona el botón. Comienza a beber. La temperatura del agua es la suficiente para refrescar a nuestro amigo, pero unos cuantos sorbos no lo son para satisfacer su sed. Continúa bebiendo. Cierra sus ojos, algunas gotas salpican suavemente sus párpados y su nariz. Continúa bebiendo. Una niña con unos globos pasa cerca de él y lo ve por un momento, su sombra lo cubre. Continúa bebiendo. La niña acude al llamado de su madre, y sin embargo, la sombra permanece.
Abre la boca para tomar un último sorbo, y recibe más de lo esperado.
Una lengua toca la suya. Acto seguido, Finn abre los ojos, cierra la llave, se incorpora y se aleja un poco del bebedero.
Todavía deslumbrado un poco por el sol, logra enfocar a la persona que provocó su sobresalto. Es alta (lo es tanto como Finn), rubia, lleva puestos unos lentes oscuros y un vestido negro entallado. Los zapatos y el bolso combinan a la perfección.
No habiendo sobrepasado su impresión, seca sus labios con la manga de su saco a la vez que ella hace lo mismo pasando su lengua por su labio superior.
- ¿Tú..?- pregunta dubitativo
-¿Sabes? Creí verte en Año Nuevo en Times Square, pero no... eres más alto.- comenta la joven mujer a la vez que, con la mano izquierda, quita sus anteojos y los deposita en el bolso que sostiene con la otra mano.
Los ojos de Finn comienzan a agrandarse. Su boca abre un poco. Deja caer su cuadernillo. El sudor frío recorre la frente del protagonista. No puede concebir que sea ella quien está frente a él. Sus miradas se cruzan. El azul que ve nuestro amigo lo hipnotiza por completo. No puede moverse. La joven se acerca lentamente hacia él.
- Estella...
- Es bueno verte de nuevo.- lo abraza efusivamente.
Durante varios meses Finnegan imaginó este momento. Lo deseó. Al paso de los primeros años dejó de pensar en ello. Lentamente el amor que decía profesar se convirtió en resentimiento y, posteriormente, en uno de esos malos recuerdos que de cuando en cuando retornan a la mente, pero que siempre se mantienen presentes para evitar caer en la misma situación. Eso es en lo que se convirtió Estella, en un mal recuerdo que ahora se hace presente como si nada hubiera sucedido. Como si nunca se hubiera alejado sin despedirse. Como si supiera que Finn la sigue añorando. Y ¿ella a él?
El joven sale de la impresión que le causó la dama y le contesta.
- Vaya casualidad. Encontrarnos en Nueva York, ¿quién lo diría?
- Mi tía me dijo hace un par de días por teléfono que estabas aquí. Yo siempre supe que algún día saldrías del Golfo y te atreverías a exponer tu obra.
- Todavía no expongo nada. Tengo que trabajar en ello estas semanas.
- Me alegro por ti- sonríe como aquella niña que derritió el corazón de Finn hace poco más de quince años.
- Gracias...Pero dime- pregunta con un poco de recelo- ¿qué has hecho en todos estos años?
- Comprar un poco por aquí, otro más por allá. Pero más que nada viajar.- Al terminar de comentar sobre sus actividades, un silencio un tanto incómodo invade la escena. Hasta que él intenta articular algo y es interrumpido.
- Es...
- Es una lástima que tenga que irme. Me dio mucho gusto verte, espero hacerlo de nuevo.
- Tal vez podamos...- vacila un poco- ¿ir a comer?
- Me agrada la idea. Mira- saca una tarjeta de su bolso y se la entrega- ese es el lugar al que acostumbro ir. El próximo jueves me reuniré con unas amistades ahí, me alegraría mucho volver a verte.
- Está bien para mí- sonríe con una mezcla de sentimientos.
- A las dos de la tarde es la cita entonces- se acerca y le da un beso en la mejilla izquierda. Se despide y se aleja rumbo a la Quinta Avenida. Finnegan recoge su cuadernillo. Bebe un poco más de agua y se va. Son aproximadamente sesenta calles las que lo separan de su apartamento en Soho.
La pintura corre. Los segundos no parecen más que las nimiedades del día, pues ni las veinticuatro horas que forman bastan para el artista que ha dormido por tanto tiempo y está ansioso por despertar y cimbrar para siempre, no sólo a los críticos, si no a sus detractores y allegados. Un pintor logra esa simbiosis que pocos artistas de otras manifestaciones logran: transmitir un poco de si en cada trazo. Sufre con su arte y goza de él. Está para él y por él, no viceversa. Se baña de sus propios dejos de genialidad y los mejora a cada pincelada o los deshace con sólo pasar por ellos. Cada mezcla es una oportunidad nueva para transferir el sentimiento del cuál el espectador comenzará a construir su visión, sentimiento y mensaje. Todas las artes son subjetivas, pero, en el caso de la pintura, es sólo un sentimiento con millones de formas y significados. Y de repente, 8 cuadros están listos, y ya es jueves por la mañana.
Finn llega apresuradamente al lugar que le contó Estella. Es un restaurante localizado en la calle Broadway, todavía parte de Tribeca, y al parecer bastante fino. Tanto que el guardia de la entrada cuestiona a nuestro amigo porqué no trae saco formal. Al explicar que va por invitación de Estella Dinsmoor, el guardia le entrega el saco de repuesto que manejan en esos casos; le pide el saco sport que trae puesto. El joven Bell entra al establecimiento a paso lento, como si fuera captando todos y cada uno de los rasgos de los adornos del lugar. Pero no es así. Busca cuidadosamente a Estella en cada rincón, desea saber si en ese lugar ella alguna vez lo recordó, si ahí tuvo algún remordimiento. Y de pronto, una voz suave lo suficientemente fuerte para ser captada por el desorientado artista, lo llama. “Aquí, ven”. Una mesa de centro con patas de caoba y base de vidrio, con tres ceniceros de cristal cortado y circundada por cinco sillones reposet de color vino es lo que logra ver Finn. Sigue la voz que escuchó hace un momento hasta llegar a ese sitio y encontrarse con ella.
- Tú debes de ser Finn, ¿puedo llamarte Finn?, he escuchado mucho de ti, muchacho- alega un sujeto de alrededor de treinta años, con entradas sobresalientes en su cabello negro; está fumando un cigarro sin filtro; trae puestas unas gafas de armazón negro metálico, traje de diseñador, camisa blanca y corbata color vino.- Soy, Walter Plane- se presenta y extiende su mano derecha para saludarlo, pero no obtiene respuesta. Ni él ni los demás saludos del resto de la compañía. La mirada y concentración del recién llegado están perdidas en la joven Dinsmoor.
- Me alegra que hayas llegado- dice Estella, que está a su lado derecho.
Nuestro amigo entra por el espacio que hay en sus asientos. Un tipo le cede su lugar a la izquierda de la ojiazul.
-Estella dice que eres pintor- comienza el incisivo tipo- ¿cómo cobras: por hora o por metro?- termina seguido de una sonora carcajada de los demás acompañantes. Finn, continúa observando inquisitivamente a la bella rubia, y ella, a su vez, le corresponde.
- Estoy trabajando para montar una exposición dónde Ericca Thrall.- declara y se gana las expresiones de asombro y sorbos discretos de las cuatro persona que circundan la mesa de centro. Walter no puede disimular molestia por no haber logrado el cometido que se propuso con su comentario. Comienza a hablar discretamente con la dama a su izquierda.
- Quiero verte...- susurra Finn a Estella.
- Lo estás haciendo- termina con una sonrisa.
- Si, pero... lejos de todo, de todos los Walter y las demás personas de aquí.
- Dale tu dirección al guardia de la entrada, yo se la pediré al salir.
- Perfecto. Entonces, espero verte pronto.- Se levanta del sillón, voltea a ver a todos y pide disculpas por su acelerada visita. Su vista se detiene cuando Plane toma de la mano a Estella.
- Es una lástima que tengas que irte, Finn. Por cierto, espero verte pronto, antes del día de nuestra boda- sostiene la mano de la joven, mostrando disimuladamente el anillo de compromiso. Los ojos de Finnegan se abren sorprendidos ante tal noticia. No responde nada y se va. No puede concebir que, después de tantos años, ella siga siendo la misma. No ha cambiado para nada. Pero él error no es de ella, si no suyo, pues creyó en una falsa esperanza que ni siquiera tenía fundamentos. Tal vez fue la emoción de volver a verla después de tanto tiempo, tal vez...No. Ella así lo planeó. Después de todo, sigue burlándose de él, sigue siendo la misma persona vacía por dentro que fue aquella noche en la casa de los Bell; la misma que lo besó en la fuente de “Paradiso Perduto”.
- Qué bien. Me alegro por ustedes- contesta con una sonrisa, que a pesar de ser fingida, se nota real. Tal vez con eso logre liberarse para siempre de una pena causada por él mismo. Ahora es él quien extiende su mano.
- Manos limpias- dice Walter-. Es la señal de un caballero- concluye. El artista se va.
Sale apresuradamente del restaurante. Es alcanzado por el guardia; le pide el saco, le devuelve el suyo. Retoma el paso. No hay tiempo que perder.
Las calles de Nueva York en otro instante hubieran captado la atención de Finn, pero ahora no. Su cosmopolita historia no significa absolutamente nada en comparación a la callada tristeza que reflejan sus ojos. Sus pasos son únicamente el camino que lo aleja cada vez más de lo que era. Si durante años fue el motivo de burla de las féminas enfermas de vacuidad, el que soportaba los problemas apaciblemente, el que seguía a los demás, ya no. Estaba decidido, y ahora sería definitivo. No importa la Sra. Dinsmoor, no importa Joe, no importa Ragno, no importa la Sra. Thrall, no importan Walter y su séquito. Y menos que nadie, Estella. De ahora en adelante, únicamente será la pintura, el futuro que ella le brindará y la posibilidad de cobrarse algún día el daño que ha sufrido. Y de pronto, dos semanas han pasado.
“Compartíamos un lazo, nosotros tres. Estella, Dinsmoor y yo, que él nunca podría entender. No era amor, pero sí una conexión… y algunas veces, ese lazo puede ser muy fuerte.”
Tal como las hojas caen, las nubes lloran y el viento arrecia, el tiempo pasa. En momentos a cuentagotas, otros, a ráfagas que sólo mitigan el dolor y reniegan de sueños. En altamar, las olas golpean la proa del bote y salpican poco a poco el rostro de un individuo alejado de sueños y de ideales. Las gotas de agua salada cubren los brazos y rostro del que alguna vez fue un niño con ilusiones y deseos, con fe en las personas. Eso quedó atrás. Al igual que su pasión por el arte, al igual que Estella.
Así es, Finn abandonó sus dibujos y dejó de ir a “Paradiso Perduto”. Se dedicó a ayudar a Joe en su nuevo barco de pesca, el cual consiguió por un precio relativamente barato, considerando que tuvo que arreglarle el motor y la cubierta. Su sobrino le ayudó en parte al vender la mayoría de sus cuadros a algunos vecinos y conocidos. No le encontró sentido el conservarlos: a la semana de haber partido Estella, mandó varias obras a diversos lugares con la finalidad de que le dieran una oportunidad de exponer y, tal vez así, vender algunas pinturas, ser rico y estar a la altura de la joven Dinsmoor. Sin embargo, sólo un lugar respondió, dos meses después, adquiriendo un cuadro por US$200: el Banco Central de Washington. Al ver sus esfuerzos en vano, y la necesidad de dinero, todo lo que alguna vez considero su más grande tesoro se volvió una carga que sólo podía ser aliviada al deshacerse de ella. Con los apenas US$2000 de la venta de sus materiales y obras, fue suficiente para arreglar la cubierta del bote.
Han sido 7 años desde la fecha en que la luz de los ojos de Finn se borró. Ahora ha fortalecido su cuerpo para las arduas labores diarias de la pesca: las redes han sido permitidas de nuevo y la pesca con arpones para ciertas especies ya es permitida en algunas zonas. La jornada empieza a las cinco de la mañana y finaliza doce horas después. Este día aguarda una sorpresa para nuestro amigo.
Al terminar la jornada, y con 30 kilos de pescado, principalmente tuna, Joe y Finn llegan al muelle y antes de que puedan afianzar el bote, un señor de complexión bastante robusta, con una barba de candado que adorna un rostro que pareciera el de un niño: regordete y todavía con las mejillas rosadas. Está ataviado en un traje color blanco marfil, y con sombrero ancho principalmente en blanco con una franja negra alrededor de toda la prenda. Pero lo que más llamó la atención de los pescadores fue el maletín que llevaba consigo, que hacía juego con los zapatos color marrón.
Apenas bajaron de la embarcación el sujeto se presenta como Jerry Ragno, agente de relaciones públicas con oficina en Nueva York.
-Busco al señor Finnegan Bell- expone mientras observa al más joven de los navegantes.
-Soy yo- nuestro protagonista responde con un dejo de reserva.
- Señor,- extiende la mano hacia Finn- estoy aquí para ver sus sueños hacerse realidad.- concluye. Ambos individuos, todavía en el bote, ríen.
Pasados algunos minutos, y habiéndose acomodado en una mesa con una excelente vista a la costa, en un restaurante anexo al muelle, Joe pide dos cervezas para él y Finn, al igual que un martiní para su acompañante; a éste le pide que no se refiera a ellos como (haciendo ademanes de comillas en el aire) “señores”.
El extraño individuo les explica que fue contratado por una persona, que prefiere permanecer de momento en secreto, para cumplir los sueños del joven Bell. Éste se muestra reacio a lo que le está diciendo, pero comienza a creerle cuando Ragno le dice que gracias al anónimo que lo contactó, hay una persona dispuesta a observar su obra y exponerla en una galería en Nueva York.
- No me explicó mucho, pero de seguro ésta persona habrá visto tu obra, ¿has mandado muestras de tus trabajos a alguien?
- Si, hace años... Pero ya no pinto señor.
- ¿Has expuesto alguna vez?- inquiere el regordete agente.
- Por su puesto que si.- interrumpe Joe, como si la pregunta fuera para él- Tiene un cuadro expuesto en el Central de Washington.
- ¿La Central de Washington?- duda Ragno, a la vez que da un sorbo de su bebida.
- El banco. El Banco Central de Washington...- explica Finn. El agente hace una mueca de risa emanada del comentario del viejo tío. -Pero no entiendo...- Finn continúa, para luego hacer una pausa y beber de la botella de cerveza que tiene en su mano derecha- ¿está diciendo que una persona supo de mi y quiere ayudarme?
- Por lo que veo,- se quita su sombrero y comienza a usarlo como abanico- éste mecenas incógnito está muy interesado en verte realizar ese sueño.- concluye. Joe observa a Ragno hasta que termina su enunciado, luego voltea a Finn. Le sonríe. El sobrino responde con igual expresión y todavía con una expresión un poco extraña prosigue:
- Está bien...pero ha de saber que tengo bastante tiempo sin pintar algo...
- Tienes tiempo – toma su valija del piso y la abre; saca un sobre- para recuperar lo perdido y sorprender a la dueña de la galería – le da el sobre a Finn, éste lo toma con duda-. Aquí está el boleto de avión a Nueva York, la dirección del departamento que se te ha rentado, mis teléfonos y dirección, dinero para materiales, comidas y demás gastos. Mucho gusto Finn, te espero en la Gran Manzana. Joe, un placer.- concluye, da un último sorbo a su martín, se levanta y toma rumbo a la puerta del restaurante mientras Joe y Finn no pueden concebir lo que ha pasado y ríen de felicidad. De una felicidad que hacía años no eran beneficiarios. De una felicidad de no muy clara procedencia, pero al fin y al cabo, felicidad. Joe grita a la lejanía, esperando que su anterior acompañante lo escuche: “¡Ragno, eres el mejor!”. Él responde, de espaldas, levantando su mano izquierda y despidiéndose.
El muchacho vuelve a beber de su cerveza. Cuando todo el líquido restante de la botella ha recorrido su garganta, sonríe. Sonríe como no lo había hecho en mucho tiempo: su mente comienza a bañarse de todo lo que mantuvo a la sombra en estos años; la inventiva y la imaginación iluminan su rostro y le dan nueva vida a sus ojos. El color ha vuelto a formar parte de su semblante. Mientras se abraza y ríe con su tío, un estimulante corre por su organismo. No, no es el efecto del alcohol, es algo mucho más fuerte. Es lo que lo animaba antes de conocer a Estella. Lo que lo mantuvo cuerdo cuando la conoció. Lo que abandonó cuando ella se fue: la pintura. Joe lo nota, su sobrino ha vuelto a ser aquél niño que crió desde los ocho años; aquél por el que soportó la huída de Maggie; aquél por el que lloró en silencio cuando vio que abandonaba la pintura; aquél con el que maduro al mismo tiempo. Ahora, como aquél niño, Finn vuelve a tener anhelos. Y ésta vez, piensa cumplirlos.
Sin embargo, la situación no podía ser más extraña: un tipo raro de Nueva York, contratado por una persona que prefiere el anonimato, va a fungir como catalizador de un deseo que Finn pensó perdido hace años. Tal vez eso estaba predicho. Tal vez eso quiere el destino de nuestro amigo, que se realice como pintor en la antesala de la pintura moderna. Cómo sea, algunas explicaciones eran necesarias. Y sabía quién podía dárselas: Nora Driggers Dinsmoor.
Los años no pasan en balde, y justo como en los recuerdos de la niñez de Finn, aunque arreglaran el jardín, siempre volvía al que parece su estado natural: una selva diminuta dentro de, la otrora propiedad más fastuosa del Golfo, que en verdad hace honor a su nombre de “Paraíso Perdido”. Esta vez, la hiedra y el enramado pleno en hojas largas no servirán para amedrentar al joven Bell; piensa que detrás de todas sus sospechas se encuentra la señora Dinsmoor. ¿Quién tendría el dinero suficiente para ayudarlo?, ¿quién sabe de sus sueños de pintar?, ¿quién sería capaz de entrometerse tanto en su vida?... Dentro de este planteamiento, Finn pretende resolver sus dudas: es cierto, la Sra. Dinsmoor lo tenía todo planeado. Ella sabía que tarde o temprano el joven Finnegan se enamoraría de Estella; que sólo por la dicha de verla y algún día repetir el acto en la fuente, acudiría a la mansión. También que a su nieta no le era tan indiferente el muchacho, sin embargo, el Golfo era y será muy poca cosa para ella. ¿Y cómo no lo sería? Estella era una niña rica que siempre ha vivido rodeada de lujos, instruida en las maneras correctas de la alta sociedad por su abuela (quién la crió desde muy pequeña, puesto que sus padres siempre estaban ocupados con el negocio familiar al otro lado del país, en la costa oeste), era lógico que una zona tan pequeña, dedicada mayormente a la pesca, con zonas pantanosas, poca urbanización y con escasa escena social no bastarían. Durante años, ambas mujeres Dinsmoor “emplearon” la buena voluntad y el deseo de Finn para divertirse y olvidarse por un momento de la aburrida vida en un área ideal para vacacionar, pero que al vivir ahí, significaría estancarse en todos los sentidos. Al parecer, la anciana notó en algún momento que Finn no deseaba quedarse anquilosado en su hogar, él quería más. Quería a Estella.
Tanto tiempo y la casona se mantiene casi igual a la última vez. El oro del techo se ve más gastado y la fuente se ha secado. La música en el salón, sin embargo, es la misma que la primera vez: “Bésame...bésame mucho... each time I bring you a kiss/Chikaboom/... I hear music divine..../Chikaboom...”
-Sra. Dinsmoore...- se acerca, como en aquella ocasión, con la timidez que emana a flor de piel por no haber asistido por tanto tiempo sin si quiera haber dado una explicación.
- Finn... hace mucho que no visitabas este lugar. Lo lamento, Estella no está- responde la anciana, como si sólo hubieran pasado semanas de la partida de su nieta. Se maquilla sin voltear a ver al joven. Con la atención fija al espejo de aumento incrustado al tocador de caoba, toma el delineador.
- Si, lo sé...Sólo vengo a despedirme.
-¿Despedirte?- inquiere, pausando su retoque.
- Si, voy a ir con el señor Ragno a...
- Araña...- interrumpe la mujer, reanuda su actividad.
-¿Araña?
- Ragno es “araña” en italiano.
- Mmmhh... Bien, voy a ir a Nueva York.
- Nueva York...Estella está ahí- deja el delineador y toma el lápiz de labios.
La mirada de Finn cambia por completo. Sus ojos abren más grandes y su boca lo hace de una forma más reducida. No puede pensar bien por un instante. Instante que sólo se compara en duración al de la primera vez que besó a Estella. Aunque, la ilusión muere más rápido: Nueva York es una ciudad enorme, con millones de habitantes, la esperanza de verla es muy reducida. Y de pronto, todo cambia cual página de un libro: rápido y sin remordimiento, pues se ha aprendido de lo anterior. Si la joven Dinsmoor no tuvo la gentileza de despedirse de Finn, él no intentaría buscarla. Si durante años calló un dolor tan grande por la pérdida de un amor confuso e incluso incómodo, ahora no puede permitirse el explotar en un momento de arrebato. No. Ya no es el mismo muchacho ingenuo que las mujeres Dinsmoor usaron para jugar. Ya no.
- Mándame una invitación...- dice la Sra. Dinsmoor, interrumpiendo el pensamiento de Finn. Continúa maquillándose.
- ¿Una invitación?
- Si, vas a Nueva York a exponer tu obra ¿o me equivoco? Siempre supe que tenías talento...- con ésta pregunta, las dudas del joven Bell se han respondido: Nora Driggers es su mecenas y la que moverá las cuerdas de la gente en la Gran Manzana para que él pueda sobresalir. Aunque, ¿qué estará tramando ahora?
- De acuerdo.- Finn sale del salón, no sin antes escuchar un último alarido de la anciana, que ha terminado de maquillarse y voltea al muchacho: rimel excesivo, sombras cargadas, lápiz de labios intenso e incluso un lunar pintado son el marco de una señora de edad avanzada que alcanza a expresar: “¡Ve por Estella, muchacho!”
Tras dejar apresuradamente la casona, Finn se dirige a su futuro.
A veces es difícil imaginar obviedades como la caída de las gotas de agua desde más de treinta mil pies de altura: cómo nace la pequeña gota de las entrañas de las nubes y logra salir, cual si fuera una lágrima que se vierte de vez en cuando. Emana lentamente y cae. Cruza el límpido (en el mejor de los casos) rostro del cielo y termina su recorrido al caer al vacío. Un vacío físico o emocional, pero eternamente vacío. Cómo toda lágrima. Y siempre es lo mismo: el sollozo del cielo representa todas y cada una de las sensaciones que las personas temen expresar y, sólo en cada precipitación, los habitantes de éste mundo las recuerdan.
Si, y ahora, ambas lágrimas se mezclan: las del cielo y las de Finn. Ha llegado a Nueva York en un domingo lluvioso del mes de octubre, sin más que la ropa que trae puesta y el sobre que le dio Ragno. Cruza las calles del distrito de Soho en una noche lluviosa. Llora de felicidad, por la dicha de consagrar su deseo, por el placer de demostrarle a Estella y a la Sra. Dinsmoor que puede comerse la Gran Manzana. Trae consigo una botella de ron de la que ha consumido más de la mitad; también lo acompaña un sentimiento producto del rencor hacia la joven Dinsmoor, y sin embargo, desea verla. Verla para mostrarle que ya no es el pobre niño ingenuo que conoció ni mucho menos el muchacho estúpido que vio la última vez. Los muros de las casas y tiendas del vecindario están empapadas. Nuestro amigo se detiene ante un graffiti del mar, que le recuerda a la vista desde la terraza de “Paradiso Perduto”. Arroja la botella todavía con líquido adentro. Se rompe en muchos pedazos de vidrio y riega todo el líquido por la calle. Así es como se siente: de él depende aprovechar la oportunidad, vender sus pinturas, ser rico y por fin liberarse de la atadura que lo une a Nora Driggers y a su nieta. Ellas son ese vidrio que está dispuesto a romper, no sin antes mostrarles que ya no pueden controlarlo y, sobretodo, que puede estar a su nivel.
“Me detuve a pensar un poco en las cosas que he hecho en mi vida... Y fue en ese breve y violento instante que se fueron... La chica, el dinero, la fama, la venganza... Todas eran obsesiones malsanas de la Sra. Dinsmoor... Y ahora eran mías. ”
Camina un par de metros más y llega a la puerta trasera entreabierta de un edificio. Un vigilante está recargado en una silla y ésta a su vez a la pared. Las escaleras que dan a los 3 pisos superiores están un poco mojadas y resbalosas y en la parte más baja tienen un poco de lodo, Finn comienza a subirlas no con prisa, pero si con premura y cautela. El apartamento de nuestro protagonista se encuentra en el tercer piso. Son las 23:00 horas, y sin importarle en lo más mínimo la cita que tiene al día siguiente, comienza a usar los lienzos y pinturas que Ragno le ha dejado en la habitación. La experimentación inicia sin siquiera buscar una toalla para secarse, sin preocuparse por su salud: esparciendo color directo del tubo de óleo y manipulándolo con las manos. Con pincel en boca, mano izquierda sosteniendo el lienzo y con la diestra dando forma a la pintura verde olivo, Finn despierta lo que permaneció aletargado hasta esa noche. La noche parece cobijarlo e inspirarlo a la vez. La cita con la dueña de la galería no importa en ese momento, sólo aprovechar el tiempo perdido.
Son las 4:00 a.m. y la única luz viva en toda la calle pertenece a la morada de nuestro amigo. Se siente bien. La lluvia continúa golpeando suavemente las cuatro ventanas de la pieza.
-Vamos muchacho, ¡despierta!- demanda Ragno. Finn abre lentamente los ojos, y se da cuenta de que ha dormido en el piso y se encuentra manchado de colores en manos, brazos y cara. Su regordete compañero le exige que se de un baño y se prepare para la reunión con Ericca Thrall, dueña de una de las galerías más importantes de Nueva York, dado el apoyo que brinda a nuevos talentos. El joven Bell se levanta y se dirige al baño. “Espérame, Jerry”, articula apenas.
Al estar frente al espejo del baño, se quita la camiseta y observa fijamente al reflejo: por primera vez logra verse como él deseaba. Ya no es ese niño de grandes ojos color marrón, con el cabello castaño rojizo y con algunas pecas en la nariz. Ni ese muchacho delgado con el cabello alborotado que había cambiado la expresión pueril de su mirada por la de alguien completamente devoto al despecho de una mujer que ni siquiera volteaba a verlo. Ni mucho menos el joven adulto desaliñado, con incipiente barba y bigote, de semblante gris, con cuerpo esculpido por las labores del mar pero con tristeza a cuestas. No, ahora nada de eso forma parte del reflejo. Termina de quitarse la ropa, corre la cortina de la bañera y abre la llave de la regadera. Le gusta bañarse con agua fría: el agua se mezcla con el shampoo y el jabón y recorre el cuerpo de Finn. Pareciera que limpia su vida pasada en lugar de las manchas de pintura al ver la expresión de alegría en su rostro. Se siente bien, se siente vivo...Y tiene razón, aunque la luz ha llenado sus ojos de nuevo, es una luz que todavía posee tonos de duda y tristeza. ¿Acaso siente miedo?, ¿acaso se siente en deuda con la Sra. Dinsmoor por ayudarle?, ¿acaso extraña a Estella?, ¿acaso no puede odiar a Estella? El agua sigue corriendo.
Ragno espera impaciente en la puerta de la habitación. Finn sale ataviado con la ropa que su nuevo agente le dejó en la cómoda la noche anterior: una camisa lila, un pantalón negro, un saco negro estilo sport y mocasines negros. No se rasuró por completo, dio forma a una barba de candado que cree, “le va bien”. En vista de la prisa que lleva su compañero, deja todo el desastre de la noche anterior tal cuál. No lleva portafolio, espera poder convencer de esa forma a la Sra. Thrall.
Es la primera vez que Finn está en Nueva York, más bien, es la primera vez que deja el Golfo.
-La zona de Soho fue seleccionada especialmente por la persona que me contrató para que te sintieras inspirado por el ambiente que le rodea- dice Ragno. El joven no logra entenderlo del todo, hasta que su compañero le explica que el vecindario fue formado por artistas entre la década de 1960 y 1970. Significa “South of Houston Street” (al “Sur de la calle Houston”) y, aunque el sobrenombre es el mismo, no se asemeja a la zona de prostitución de Londres. La mayoría de los edificios en algún tiempo fueron fábricas, pero al dejar de operar, dejaron espacio a la creación de estudios y lofts. En los lugares más grandes se formaron boutiques, restaurantes y galerías de todo tipo. Sin embargo, con el tiempo se volvió un área más familiar y yuppie, por lo que perdió parte del sentido bohemio que lo envolvía y el gremio artístico comenzó un éxodo con diferentes direcciones. Una de esas direcciones fue Tribeca, (“Triangle Below Canal Street”, “Triángulo Bajo la calle Canal”), aunque no se asentaron del todo y se dio lugar a un área residencial y de negocios. Y precisamente, en la porción artística que permanece, en el límite de la zona, entrando a Tribeca por el éste, en la esquina de Canal St. y Broadway se encuentra la galería de la Sra. Thrall.
Las puertas anchas de cristal grueso con marcos verdes dan la entrada a la galería. Un espacio bastante amplio, con cuatro pilares en el centro, tal vez representen los puntos cardinales, con amplios ventanales en el techo que dan paso a la luz natural que hace que el color blanco de los muros, pilares y mamparas luzca aún más pulcro. Todavía quedan algunas muestras de la última exposición de esculturas y fotografías. Las placas no son muy buenas, el manejo de luz no es el adecuado.
- Como lo pueden ver, mi galería es la indicada si decides iniciar una fructífera carrera. O una caída estrepitosa- dice la Sra. Thrall. Finn observa a la mujer ataviada con un vestido Versace de líneas verticales de colores claros que van del amarillo al púrpura sobre un fondo negro. Es pelirroja, con ojos de color verde y unos labios voluminosos pintados de rojo. Sin tomarle importancia a la presencia de Jerry, se acerca y observa detenidamente a nuestro protagonista, de pies a cabeza y de cabeza a pies. El Sr. Ragno interrumpe:
- Sra. Thrall, él es Finnegan Bell...-el joven extiende la mano, pero ella ni se inmuta ante el ofrecimiento- el es de quién habíamos hablado- termina en tono nervioso Ragno.
- ¿Tienes algún ejemplo de tu obra?- pregunta Ericca, como si no hubiera escuchado las palabras del agente.
- N-no. Le dije al Sr. Ragno...-la impaciente mujer comienza a dar vueltas, como si buscara algo entre las mamparas y las placas que todavía quedan en ellas- la primera vez que nos vimos, que no tengo ningún trabajo por ahora, pero si pudiera darme algún tiempo...- la Sra. Trall se detiene mientras sostiene una placa con la mano izquierda. Voltea a ver a Finn y le dice que no hay problema:
- Te veré en un mes, y espero que ya tengas algo que mostrarme. Jerry te dará lo que necesites. Jerry- voltea hacia él- cómo siempre, un placer verte- hace una breve reverencia con la cabeza y la mano derecha. Él contesta asintiendo la cabeza.
Si bien la reunión con la dueña de la galería no fue un éxito, sí fue suficiente para proveer de tiempo a un joven que está ansioso por retomar un camino, del cual se desvió al ver a una niña que sólo lo rechazó e hizo menos. Pero eso no importa, el pasado siempre queda atrás, no hay modo de que vuelva a pasar por lo mismo. Y aunque las palabras de la Sra. Dinsmoor resultaran ciertas y ella se encuentre en Nueva York, las probabilidades de que se encuentren son ínfimas.
Es casi mediodía, el sol golpea en su cenit a las aceras de la Gran Ciudad. El bullicio de los autos se vuelve pausado al transitar por la Quinta Avenida para observar las ventanas de las tiendas. A la lejanía se logra percibir a un aventurado motociclista. Desde el punto en que se encuentra Finn se logra ver parte de la fachada del Museo Metropolitano de Arte. Y, aunque nunca ha estado en NuevaYork, ni siquiera las tiendas ni los museos, ni la fastuosidad que lo rodea en Central Park le son interesantes. No, parece más interesante aquél zapato viejo cerca del pequeño montón de basura y hojas, justo al lado del bote de basura. Parece más importante ese ratoncillo que se asoma de entre el pasto. O esa paloma que come de las migas de pan que algún anciano ha dejado desde muy temprano en la banca de frente al joven Bell. Y todo queda plasmado en la libreta que compró al salir de la Galería, en cuestión de segundos gracias a la facilidad que le brinda el uso del carboncillo que acompañaba a dicho cuadernillo. Las aves, a la lejanía, rondan la catedral frente al parque, los autos mantienen su andar semilento y el rasgar del papel en cada trazo simulan la tierra temblar. Eso es lo que deseaba el pequeño Finn: vivir en un mundo de fantasía, a ritmo lento, en otras palabras, vivir en sus pinturas. Ser un pez más en aquella serie de cuadros en el arco del techo de su cuarto, una estrella en el firmamento de su alcoba, un retrato más en la pared oriental. Así era cuando niño: ser feliz con las cosas simples de la vida y la imaginación. Y de repente, Estella.
La ilusión se desvanece de la mente del artista y vuelve a la realidad. El ruido se ha acrecentado un poco más, los vehículos avanzan más rápido, las aves ya no están, y un niño enojado con su mamá, porque no lo lleva al zoológico del otro extremo del parque, ha pateado el zapato y ahuyentado al ratón que se acercaba sigilosamente. El idilio ha terminado. Finn se levanta de la banca en la que ha estado desde que Ragno se fue hace dos, casi tres horas. Se sacude una leve capa de polvo sobre su pantalón con ambas manos. Guarda el carboncillo en un estuche especial de madera que coloca en la bolsa interna del lado izquierdo del saco. Voltea a la izquierda: el camino asfaltado se pierde entre los árboles lejanos y más lejos aún, se logra ver muy tenuemente el Centro Lincoln. Voltea a la derecha: el lago es lo que más atrapa la vista, por lo general, pero para nuestro amigo, el bebedero a unos cuantos metros de donde se encuentra parece más atractivo e interesante. Toma el cuadernillo con su mano derecha.
El artilugio de concreto parece una pequeña torre con un grabado de un ángel en ella. La parte superior mantiene semejanza con el estilo jónico de las antiguas columnas griegas, y en medio de ella, brota el agua por medio de una llave colocada a la base de la sección más alta y adornada. Finn se inclina un poco, acciona el botón. Comienza a beber. La temperatura del agua es la suficiente para refrescar a nuestro amigo, pero unos cuantos sorbos no lo son para satisfacer su sed. Continúa bebiendo. Cierra sus ojos, algunas gotas salpican suavemente sus párpados y su nariz. Continúa bebiendo. Una niña con unos globos pasa cerca de él y lo ve por un momento, su sombra lo cubre. Continúa bebiendo. La niña acude al llamado de su madre, y sin embargo, la sombra permanece.
Abre la boca para tomar un último sorbo, y recibe más de lo esperado.
Una lengua toca la suya. Acto seguido, Finn abre los ojos, cierra la llave, se incorpora y se aleja un poco del bebedero.
Todavía deslumbrado un poco por el sol, logra enfocar a la persona que provocó su sobresalto. Es alta (lo es tanto como Finn), rubia, lleva puestos unos lentes oscuros y un vestido negro entallado. Los zapatos y el bolso combinan a la perfección.
No habiendo sobrepasado su impresión, seca sus labios con la manga de su saco a la vez que ella hace lo mismo pasando su lengua por su labio superior.
- ¿Tú..?- pregunta dubitativo
-¿Sabes? Creí verte en Año Nuevo en Times Square, pero no... eres más alto.- comenta la joven mujer a la vez que, con la mano izquierda, quita sus anteojos y los deposita en el bolso que sostiene con la otra mano.
Los ojos de Finn comienzan a agrandarse. Su boca abre un poco. Deja caer su cuadernillo. El sudor frío recorre la frente del protagonista. No puede concebir que sea ella quien está frente a él. Sus miradas se cruzan. El azul que ve nuestro amigo lo hipnotiza por completo. No puede moverse. La joven se acerca lentamente hacia él.
- Estella...
- Es bueno verte de nuevo.- lo abraza efusivamente.
Durante varios meses Finnegan imaginó este momento. Lo deseó. Al paso de los primeros años dejó de pensar en ello. Lentamente el amor que decía profesar se convirtió en resentimiento y, posteriormente, en uno de esos malos recuerdos que de cuando en cuando retornan a la mente, pero que siempre se mantienen presentes para evitar caer en la misma situación. Eso es en lo que se convirtió Estella, en un mal recuerdo que ahora se hace presente como si nada hubiera sucedido. Como si nunca se hubiera alejado sin despedirse. Como si supiera que Finn la sigue añorando. Y ¿ella a él?
El joven sale de la impresión que le causó la dama y le contesta.
- Vaya casualidad. Encontrarnos en Nueva York, ¿quién lo diría?
- Mi tía me dijo hace un par de días por teléfono que estabas aquí. Yo siempre supe que algún día saldrías del Golfo y te atreverías a exponer tu obra.
- Todavía no expongo nada. Tengo que trabajar en ello estas semanas.
- Me alegro por ti- sonríe como aquella niña que derritió el corazón de Finn hace poco más de quince años.
- Gracias...Pero dime- pregunta con un poco de recelo- ¿qué has hecho en todos estos años?
- Comprar un poco por aquí, otro más por allá. Pero más que nada viajar.- Al terminar de comentar sobre sus actividades, un silencio un tanto incómodo invade la escena. Hasta que él intenta articular algo y es interrumpido.
- Es...
- Es una lástima que tenga que irme. Me dio mucho gusto verte, espero hacerlo de nuevo.
- Tal vez podamos...- vacila un poco- ¿ir a comer?
- Me agrada la idea. Mira- saca una tarjeta de su bolso y se la entrega- ese es el lugar al que acostumbro ir. El próximo jueves me reuniré con unas amistades ahí, me alegraría mucho volver a verte.
- Está bien para mí- sonríe con una mezcla de sentimientos.
- A las dos de la tarde es la cita entonces- se acerca y le da un beso en la mejilla izquierda. Se despide y se aleja rumbo a la Quinta Avenida. Finnegan recoge su cuadernillo. Bebe un poco más de agua y se va. Son aproximadamente sesenta calles las que lo separan de su apartamento en Soho.
La pintura corre. Los segundos no parecen más que las nimiedades del día, pues ni las veinticuatro horas que forman bastan para el artista que ha dormido por tanto tiempo y está ansioso por despertar y cimbrar para siempre, no sólo a los críticos, si no a sus detractores y allegados. Un pintor logra esa simbiosis que pocos artistas de otras manifestaciones logran: transmitir un poco de si en cada trazo. Sufre con su arte y goza de él. Está para él y por él, no viceversa. Se baña de sus propios dejos de genialidad y los mejora a cada pincelada o los deshace con sólo pasar por ellos. Cada mezcla es una oportunidad nueva para transferir el sentimiento del cuál el espectador comenzará a construir su visión, sentimiento y mensaje. Todas las artes son subjetivas, pero, en el caso de la pintura, es sólo un sentimiento con millones de formas y significados. Y de repente, 8 cuadros están listos, y ya es jueves por la mañana.
Finn llega apresuradamente al lugar que le contó Estella. Es un restaurante localizado en la calle Broadway, todavía parte de Tribeca, y al parecer bastante fino. Tanto que el guardia de la entrada cuestiona a nuestro amigo porqué no trae saco formal. Al explicar que va por invitación de Estella Dinsmoor, el guardia le entrega el saco de repuesto que manejan en esos casos; le pide el saco sport que trae puesto. El joven Bell entra al establecimiento a paso lento, como si fuera captando todos y cada uno de los rasgos de los adornos del lugar. Pero no es así. Busca cuidadosamente a Estella en cada rincón, desea saber si en ese lugar ella alguna vez lo recordó, si ahí tuvo algún remordimiento. Y de pronto, una voz suave lo suficientemente fuerte para ser captada por el desorientado artista, lo llama. “Aquí, ven”. Una mesa de centro con patas de caoba y base de vidrio, con tres ceniceros de cristal cortado y circundada por cinco sillones reposet de color vino es lo que logra ver Finn. Sigue la voz que escuchó hace un momento hasta llegar a ese sitio y encontrarse con ella.
- Tú debes de ser Finn, ¿puedo llamarte Finn?, he escuchado mucho de ti, muchacho- alega un sujeto de alrededor de treinta años, con entradas sobresalientes en su cabello negro; está fumando un cigarro sin filtro; trae puestas unas gafas de armazón negro metálico, traje de diseñador, camisa blanca y corbata color vino.- Soy, Walter Plane- se presenta y extiende su mano derecha para saludarlo, pero no obtiene respuesta. Ni él ni los demás saludos del resto de la compañía. La mirada y concentración del recién llegado están perdidas en la joven Dinsmoor.
- Me alegra que hayas llegado- dice Estella, que está a su lado derecho.
Nuestro amigo entra por el espacio que hay en sus asientos. Un tipo le cede su lugar a la izquierda de la ojiazul.
-Estella dice que eres pintor- comienza el incisivo tipo- ¿cómo cobras: por hora o por metro?- termina seguido de una sonora carcajada de los demás acompañantes. Finn, continúa observando inquisitivamente a la bella rubia, y ella, a su vez, le corresponde.
- Estoy trabajando para montar una exposición dónde Ericca Thrall.- declara y se gana las expresiones de asombro y sorbos discretos de las cuatro persona que circundan la mesa de centro. Walter no puede disimular molestia por no haber logrado el cometido que se propuso con su comentario. Comienza a hablar discretamente con la dama a su izquierda.
- Quiero verte...- susurra Finn a Estella.
- Lo estás haciendo- termina con una sonrisa.
- Si, pero... lejos de todo, de todos los Walter y las demás personas de aquí.
- Dale tu dirección al guardia de la entrada, yo se la pediré al salir.
- Perfecto. Entonces, espero verte pronto.- Se levanta del sillón, voltea a ver a todos y pide disculpas por su acelerada visita. Su vista se detiene cuando Plane toma de la mano a Estella.
- Es una lástima que tengas que irte, Finn. Por cierto, espero verte pronto, antes del día de nuestra boda- sostiene la mano de la joven, mostrando disimuladamente el anillo de compromiso. Los ojos de Finnegan se abren sorprendidos ante tal noticia. No responde nada y se va. No puede concebir que, después de tantos años, ella siga siendo la misma. No ha cambiado para nada. Pero él error no es de ella, si no suyo, pues creyó en una falsa esperanza que ni siquiera tenía fundamentos. Tal vez fue la emoción de volver a verla después de tanto tiempo, tal vez...No. Ella así lo planeó. Después de todo, sigue burlándose de él, sigue siendo la misma persona vacía por dentro que fue aquella noche en la casa de los Bell; la misma que lo besó en la fuente de “Paradiso Perduto”.
- Qué bien. Me alegro por ustedes- contesta con una sonrisa, que a pesar de ser fingida, se nota real. Tal vez con eso logre liberarse para siempre de una pena causada por él mismo. Ahora es él quien extiende su mano.
- Manos limpias- dice Walter-. Es la señal de un caballero- concluye. El artista se va.
Sale apresuradamente del restaurante. Es alcanzado por el guardia; le pide el saco, le devuelve el suyo. Retoma el paso. No hay tiempo que perder.
Las calles de Nueva York en otro instante hubieran captado la atención de Finn, pero ahora no. Su cosmopolita historia no significa absolutamente nada en comparación a la callada tristeza que reflejan sus ojos. Sus pasos son únicamente el camino que lo aleja cada vez más de lo que era. Si durante años fue el motivo de burla de las féminas enfermas de vacuidad, el que soportaba los problemas apaciblemente, el que seguía a los demás, ya no. Estaba decidido, y ahora sería definitivo. No importa la Sra. Dinsmoor, no importa Joe, no importa Ragno, no importa la Sra. Thrall, no importan Walter y su séquito. Y menos que nadie, Estella. De ahora en adelante, únicamente será la pintura, el futuro que ella le brindará y la posibilidad de cobrarse algún día el daño que ha sufrido. Y de pronto, dos semanas han pasado.
“Compartíamos un lazo, nosotros tres. Estella, Dinsmoor y yo, que él nunca podría entender. No era amor, pero sí una conexión… y algunas veces, ese lazo puede ser muy fuerte.”


1 Comments:
bastante interesante, solo k faltan unos detalles narrativos...
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