Great Expectations (by JR, parte 1)
Comenzaré este blog con un fragmento de mi pseudonovela, inspirada en la adaptación de Alfonso Cuarón del libro Great Expectations de Charles Dickens.
En este ejercicio narrativo pude darme la oportunidad de expresar muchas de las cosas que sentí al momento de ver la película (todavía no termino de leer la novela original). Así que, se pude argumentar que en cierta forma, asimilé al personaje como si yo estuviera viviendo sus peripecias.
Bien, comenzamos:
" Te preguntas qué tan diferente hubiera sido tu vida si sólo una cosa, una pequeña cosa no hubiera pasado... Tal vez esto no es como ocurrió, pero sí como recuerdo. Mi nombre es Finnegan Bell, pero todos me dicen Finn. Tengo ocho años. Vivo con mi hermana y su novio; mis padres murieron cuando era muy pequeño...A veces suelo salir a pescar por las mañanas y mientras espero a que pique uno, dibujo. Tengo un libro lleno de todos esos dibujos ellos. No son muy buenos, pero me gustan."
En alguna parte cercana a la costa del Golfo... Finn se sienta cómodamente en la proa del bote y de pronto observa algo raro al lado del mismo. Mira encima de esa porción de agua y se asusta al ver un rostro con los ojos cerrados; acto seguido, un individuo con traje naranja sale del agua y se abalanza hacia el bote. El niño, asustado, no sabe qué hacer. Cuándo está a punto de gritar, el sujeto emergido le tapa la boca con la mano izquierda y le dice con una voz espeluznante, muy cerca de su rostro: Susurra.
Le explica que acaba de escapar de la prisión y que necesita ayuda para alejarse. En eso, ve el libro de dibujos tirado en medio del bote y lo toma. “Un artista, ¿ah?” dice en un tono sorprendido. Luego, el sujeto le pregunta por su nombre, y habiéndolo obtenido (más por miedo que por cortesía), se presenta como Arthur Lustig. Entonces, un más asustado Finn le dice que le ayudará con tal de que no le haga nada. Lustig le indica que consiga unos corta pernos para librarse de las cadenas que aprisionan los pies del convicto y algo de comer. Deberá presentarse al alba del día siguiente en la costa más cercana a ese punto.
-Donde están esos matorrales,- le señala con la mano derecho, la izquierda sigue aún muy cerca del rostro del niño, aunque ya no lo aprisiona – y si no lo haces, recuerda que sé tu nombre y puedo ir a buscarte a ti y a tu familia.- amenaza, para posteriormente saltar al agua y perderse.
Finn, todavía atemorizado, regresa rápidamente a la bahía. Amarra el bote y corre hacia las cabañas cercanas. Antes de terminar el puente de madera que une a tierra firme, se topa con Joe, su tío.
- ¡Hey! ¿A dónde vas con tanta prisa?
- Mmmm...- piensa el pequeño Finn- Debo hacer tareas que me encargó Maggie.
- De acuerdo, pero tómalo con calma, no queremos ningún accidente, ¿verdad?
- Es cierto. Bien, nos vemos Joe.- Finn reanuda su carrera.
- ¡Hey! – llama antes de que el niño se aleje- ¿Cómo fumas un pez espada?
- ¡Te lo pones en la boca y lo enciendes! – ambos contestan con una sonrisa. El niño emprende la carrera una vez más.
“Prohibieron el uso de redes ese año en el Golfo...eramos pobres. Salíamos adelante con lo que Joe ganaba de algunos quehaceres y su servicio de jardinería.”
Al llegar a casa, Finn tiene que soportar una más de las discusiones por dinero que tienen su hermana y Joe.
"Crecí en lo que supongo era una cierta libertad de parte de mi hermana Maggie. Joe era su novio. Y eran mi única familia."
Por lo general, esas discusiones ayudan a que pueda conciliar el sueño pronto. Va a la cama muy temprano esa noche.
De alguna forma, quizá por una fuerza extraña que despierta en él un ansia de aventura, Finn despierte antes del alba. Busca los corta pernos y comida, y tal vez porque algo le indica que está bien, medicamentos y alcohol.
Al llegar a la zona indicada, el convicto le pide que se acerque a un punto donde alcanza a llegar tenuemente la luz de un faro lejano. Observa lo que el niño trae consigo: un par de sandwiches, una caja de percodan y una de advil, además de los corta pernos y la botella con alguna bebida etílica. Toma los corta pernos y logra forzar las cadenas fuera de sus pies sangrantes. Toma la botella y vierte parte del alcohol en ellos para ayudar a la cicatrización. El resto, lo bebe de un solo trago. Finn le ofrece los sandwiches y él los toma, más bien, los arrebata de sus manos. Lustig le agradece y le dice que prepare el bote, que pronto se partirán. Finn no puede reaccionar del miedo que le provoca la mirada del convicto: ojos negros, casi sin brillo, como si no existiera ninguna luz que quiera ser reflejada en ellos; esa mirada congelaba toda la espina del pequeño. No puede hacer nada, aunque llore, no podrá escapar de su destino.
O eso piensa.
A punto de entrar en aguas internacionales. Lustig recostado de frente al conductor del bote, observa una pequeña torreta en la lejanía. Le dice a Finn que se acerque a una boya. En realidad lo que Lustig vio era un bote policía que se acercaba a la embarcación, por lo cual salta al agua y nada hasta esconderse detrás de la señal marítima.
-¡Hey niño! ¿Qué haces por aquí? Estás muy alejado de la costa...- cuestiona el policía que ya ha dado alcance a nuestro protagonista.
- Salí a pasear- responde tímidamente.
El vigilante le pregunta si ha visto a una persona con un traje naranja de la prisión. A lo cual Finn se limita a decir “no”.
-Está bien, ata esta cuerda, te remolcaremos a la costa.- Dice a la vez que le arroja la soga.
Ya cuando el bote está atado a la nave del vigilante, Finn recuerda que bajo su asiento guarda un chaleco salvavidas. Lo arroja hacia la boya.
Y se aleja.
A la semana siguiente, mientras veía la televisión, más específicamente las noticias, escucha sobre la detención y próxima ejecución de Arthur Lustig, antiguo asesino de la mafia.
“Y eso fue el fin de todo. Quizás han tenido experiencias así... en la niñez...quizás han tenido esa experiencia con un mundo tan grande que rara vez o nunca la han vuelto a ver.”
Mientras la camioneta de servicios de Joe se acerca a una vieja casona, la frescura de los árboles y las sombras que de ellos nacen cubren el rostro de Finn. El cuál parece más aliviado que antes recostado en la parte posterior del vehículo.
Joe recibió una llamada hace dos días, de la Sra. Dinsmoor, para que se encargara de arreglar el jardín de la propiedad. Entonces, llegan a la entrada de la finca. “Paradiso Perduto”.
Los años le han caído mal a la anterior residencia, se necesitaría años para arreglar el jardín: hiedra colgando de todas partes, matorrales gigantescos, y árboles más viejos que toda la región del Golfo.
Antes servía para grandes recepciones, ahora sólo la Sra. Dinsmoor vive ahí.
Al bajar de la camioneta, Joe decide entrar sólo: “No vayas a entrar por ningún motivo. No sabemos qué cosas pueda haber en esta jungla”. Finn baja del vehículo. Camina un poco y llega a un columpio. Al empezar a mecerse, una mariposa posada en una piedra (que alguna vez fue una escultura de un querubín) llama su atención. La observa detenidamente, cómo si todo lo demás sucediera en cámara lenta. Las alas color naranja con líneas y formas en negro, se abren a la luz del día, recibiendo los rayos cálidos del sol en un día de verano.
De pronto. Ella. La mariposa emprende el vuelo, cuál si se sintiera menos ante una criatura de mayor belleza. Y así es. En la lejanía, más allá del punto de enfoque en el insecto, las formas bañadas en color oro y blanco asustaron al pequeño bicho, a la vez que desconcertaron al pequeño Finn. Entonces, el niño logra, en un momento que dura una eternidad en tan sólo unos segundos, verla cara a cara... El tiempo se congela. La luz del sol se desvanece ante el brillo que emana ese pequeño ser. Los pájaros que habitan en los árboles cercanos comienzan un coro celestial tal vez en su honor...Y Finn no logra concebirlo, se ha quedado pasmado.
-Finn, ¡vámonos!-. Joe ha vuelto, y el niño lo corrobora volteando a su izquierda, sin embargo, cuando voltea de nueva hacia la piedra, ella ha desaparecido.
-Esta vieja debe estar loca, me dio US$500 para la gasolina por debajo de la puerta. Dijo que podemos empezar cuando queramos.- dice un Joe con un semblante de felicidad que únicamente puede dar el dinero.
El pequeño Bell todo el camino de regreso, pensó en ella. ¿Fue real?
De vuelta en casa, y no habiendo pasado la felicidad del tío por haber obtenido un dinero tan fácil, ven que Maggie está hablando por teléfono. “Si Sra. Dinsmoor, yo hablaré con él...No creo que haya problema. Gracias. Adiós”. Justo cuando Joe pensaba que no podía ser tan bueno el asunto y que debía regresar el dinero, Maggie se acerca a Finn y le dice que la Sra. Dinsmoor lo quiere ver.
Joe no puedo creerlo, ya que la señora no lo vio en ningún momento. A lo cuál la hermana del pequeño dice que lo pudo haber visto por una ventana, pero da igual. De todos modos la señora está dispuesta a pagar su asistencia. La pareja se alegra, pues parece que han encontrado un forma de librar momentáneamente sus problemas económicos.
Nuestro protagonista solamente se sorprende.
-Recuerda decir “por favor” y “gracias”- dicta Maggie a Finn ante la puerta de “Paradiso Perduto”.
Atraviesa la puerta y toma el camino apenas visible entre los espesos matorrales. Tal vez sólo un pase por el mundo en su etapa jurásica pudieran ser comparados con ese paisaje vegetal.
Toca la puerta de madera con un tinte de color oro y un enorme adorno central, tal vez el escudo de armas de la familia. La puerta se abre lentamente.
-Acompáñame.- dice Ella.- El techo es hoja de oro genuina. La forma fue copiada de la Alhambra en España.- expone la niña, a la vez que recorren un amplio pasillo lleno de luz, quizá producto del reflejo del citado oro. El mismo pasillo es coronado con una fuente enorme en el centro de toda la estructura, con agua limpia y cristalina corriendo por sus cuatro niveles en relieve, unidos por una columna central, de dónde emana parte del vital líquido, la otra parte nace del borde de cada nivel.
-Aquí es- termina la niña de no más de 12 años. De piel blanca como la misma luz que sólo contrasta con el rubio, casi oro de se cabello y el azul intenso de sus ojos.
Finn se perdió desde el momento en que le dijo “acompáñame”.
“Bésame...bésame mucho... each time I bring you a kiss/Chikaboom/... I hear music divine..../Chikaboom”. La música inunda el salón al que el niño entra con más miedo que timidez. Un gato pasa enfrente de Finn, asustándolo más .
“Nora Driggers Dinsmoor... la mujer más rica del Golfo. Dicen que perdió la cordura hace 30 años cuando su prometido la abandonó en el altar.”
El lugar apesta a orines de gato y a plantas marchitas. Y de entre todas las macetas rotas y cojines para gato, de entre los cuadros con paisajes hermosos ya añejados por el tiempo y de entre los muebles usados hasta el cansancio, está ella. Y por lo menos quince gatos.
“So bésame, bésame mucho, /Chikaboom/ Yeah I love you forever / Chikaboom/ say that you’ll always be mine...”
Se desvanece la música.
- Esta canción me provoca muy bellos recuerdos...¿Quién eres tu? ¿Qué haces aquí?- cuestiona la Sra. Dinsmoor con una voz áspera. Una mujer de edad avanzada, ataviada con un vestido largo y cerrado en color verde olivo; con un gorro de lana del mismo color con adornos de pedrería. Muy al estilo de los años veinte. Las arrugas de su rostro y manos intentaban ser disimulados por el maquillaje color bronce. De igual manera, la sombra azul que rodeaba sus ojos sólo servía para confirmar la excentricidad de la señora de la casa.
- So...Soy Finn, usted me llamó.
-¡Ah! ¿Para qué te querría yo? Pero bien, ya que estás aquí... Haz lo tuyo. Adelante.- se acerca a un diván y se sienta, no sin antes apartar a un gato especialmente grande. “El gato más grande que he visto”, piensa Finn.
-¿Qué come?- pregunta el niño. A lo que la vieja responde: “otros gatos...” Y continúa Finn:
- Y ¿qué quiere que haga por usted?
- Lo tuyo, vamos, no tengo todo el tiempo...Mmmm ¿sabes? Mejor no, así no me sirves, mejor véte de...
-¡Sé dibujar!- contesta apresuradamente a la vez que la vieja Dinsmoor comienza a empujarlo.
- Está bien, quédate. ¿Podrías hacerme un retrato?- Inquiere la anciana, y sin esperar respuesta se acerca a al puerta, apartando un gato de su camino.
- Estella, Estella, ven por favor.
-¿Si abuela?- contesta la niña, acudiendo rápido al llamado de su abuela.
-Finn va a hacerte un retrato- le dice a la par que la insta a pasar con un movimiento de cabeza. Ambas caminan hacia Finnegan.- Vas a hacerle un retrato a mi nieta- demanda la anciana.
Ella misma rompe un gran pedazo del papel tapiz de la pared más cercana al niño y toma un delineador de su desordenado tocador. Le entrega a Finn sus dos herremientas. Éste se sienta en el diván, y la anciana lo hace a su lado. Estella toma un pequeño taburete y lo acerca al joven artista.
Las líneas comienzan a fluir de la mano del joven Bell, sin importar a mirada pesada y abrumada por el alcohol y cigarro de la Sra. Dinsmoor. El dibujo del rostro de Estella la hace parecer más enternecedora que la verdadera, fría y apática.
-Es preciosa ¿verdad?- pregunta la longeva señora al oído del niño.
-Yo creo que es una snob.- responde Finn de igual manera. Prosigue con su dibujo.
- La vas a amar, joven Finn. Pero te romperá el corazón...- expresa con un talante de dolor.
- Abuela, no le digas nada al extraño- interrumpe Estella, mientras ve directamente a los ojos de Finn.
-No, Estella, no le comentaba nada...- de nuevo la nieta interviene con una expresión en francés que Finn no logra comprender, y que la abuela responde en el mismo idioma.
- Mejor terminamos con esto luego.- concluye la niña.
- No hay problema, ya acabé.
Finn le muestra el trabajo a la Señora y ella lo alaba por su destreza y definición de estilo a tan corta edad. A pesar de todo, tal vez la anciana no esté tan loca.
La abuela se levanta y lleva consigo el lienzo improvisado para mostrárselo a su nieta. Ésta sólo le da una breve mirada y pide permiso para retirarse. Al escuchar esto, Finn recuerda que debe ir temprano a casa. La vieja Dinsmoor le pide a Estella que lo acompañe a la salida, no sin antes darle un sobre con dinero destinado a su tío, en mera expresión de agradecimiento.
Estella camina apresuradamente, cómo si no soportara la presencia del joven Bell en su casa. Aunque, quizá no era eso.
Al llegar al pasillo coronado con la fuente de cuatro niveles, la niña sube la base y del nivel a su altura, (el tercero, de abajo hacia arriba) comienza a beber agua. Da un pequeño sorbo.
Limpiando su boca con el dorso de la mano, invita al niño a tomar agua. “Está deliciosa” le dice.
Quizá era la luz que rebotaba en cada gota de agua lo que hacía que sus ojos lucieran más azules. O tal vez el reflejo de un rayo de luz por un ventanal al este de la fuente lo que hacía que el rubio de su cabello aparentara brillar más que el mismo elemento áureo del techo. Con eso bastó para convencer a Finn.
Se acercó lentamente hasta donde estaba la niña, y del mismo nivel, aunque del lado opuesto, comenzó a beber de los borbotones que nacían del borde de la parte inferior de dicho nivel y que se mezclaban en el centro con las pequeñas caídas del nivel superior.
La boca de Finn disfrutaba del vital líquido, y de pronto, ella. Estella había acercado su boca a la del niño y lo besó, ante la sorpresa de éste. Finn experimentaba su primer beso con quien menos había pensado. Los ojos de Finn sentían brotar de sus órbitas. El ritmo cardíaco aumentaba considerablemente.
“Ese día lo comprendí. La forma de vida de los ricos y mi añoranza comenzaron ese día, pintar para los ricos, tener su libertad...Para amar a Estella... Eran las cosas que no podría tener.”
Al llegar a su casa, ya a punto de caer la noche, envuelto en una tarde oscura por la cantidad de nubes que circundaban el lugar, Finn se dirige rápidamente a su habitación: un cubículo lleno de sus cuadros y dibujos de peces y cosas que a diario ve; principalmente abunda la acuarela y colores fríos en sus obras. Comienza a llover.
Joe está en la sala observando la televisión. Maggie entra a la habitación de su hermano mientras éste dibuja lo que tiene en la mente en ese momento: Estella. Se acerca y se inclina a ver qué es lo que hace Finn. Le acaricia la cabeza y le dice lo bonita que es la niña del retrato. “Por favor nunca dejes de pintar”. Maggie se despide argumentando que va a una fiesta de sus amigas. “Te veo mañana, hermana” se despide Finn.
Nunca más volvió Maggie. Joe dijo que fue por el dinero. O más bien, la falta de éste.
“Maggie se fue esa noche...nunca regresó. Joe me crió, nunca dijo una palabra acerca de eso.”
Y, así de pronto, pasaron ocho años.
Finn asistía a Paradiso Perduto todos los sábados. El dinero que cada uno de esos días recibía era destinado para sus materiales de dibujo. Los años le ayudaron a desarrollar más su habilidad y a rendir tributo de vez en cuando a la belleza que más le agradaba: Estella. Todo este tiempo se ha mantenido en silencio, pues la ahora bella joven que cautivó a Finn ese día, lo sigue tratando con la misma fría mirada.
Y sin embargo, lo más importante, el acudir y servir de diversión por un momento a la Sra. Dinsmoor le permitían verla.
Uno de esos sábados, luego de terminar una sesión de baile coordinada por Nora Driggers y su pareja, Estella, Finn avisa que se dispone a regresar a su casa. A la vez que escucha esto, la ahora joven adolescente Estella, se aproxima a su aún más anciana abuela y le recuerda que en la noche tiene una cena de gala y no puede faltar. Al escuchar esto, la vieja Dinsmoor detiene a Finn a la salida del salón. Le pide que acompañe a Estella a esa cena. Él responde que no tiene ninguna inconveniencia salvo lo que Estella pudiera decir. Ésta se muestra inconforme con la idea de ser acompañada por alguien como Finn. Pero, acercando su delineada figura, recubierta por un vestido corto de color blanco le dice, cara a cara, “te dejaré la dirección en la entrada, te espero ahí a las nueve en punto”. Se va antes que Finn pueda decir algo.
La Sra. Dinsmoor sonríe complacida. Prende un cigarrillo. Inhala un poco.
Sin embargo hay algo qué inquieta a nuestro amigo Finn, ¿por qué la Sra Dinsmoor habrá querido eso?
Parado aún en la puerta del salón, el joven Bell, apenas terminada su sorpresa y contenida emoción por salir por fin con Estella reanuda su intención de salir. Sin embargo, la anciana lo detiene. Le pide que se acerque a ella. Se sienta en el diván cercano a ella, le pide que haga lo mismo. Le susurra algo al oído. La expresión apacible del muchacho cambia a una de tristeza callada.
- Si, Estella dejará el Golfo muy pronto. Este lugar es muy poco para ella. Está destinada a algo mejor...- inhala de nuevo el humo de su cigarrillo.
“¿Por qué me lo dijo?...¿Me lo dijo para herirme, para desubicarme, para volverme loco..? No me importó... Si era una pista o una broma o una petición...No me importó... No, me lo dijo para que la detuviera...Y por su puesto que lo haría.”
Esa misma noche, en casa de Finn y Joe, el primero se muestra nervioso caminando de un lado a otro de la sala mientras Joe lo contempla calmado, quizá el alcohol vertido de ese par de botellas de la mesa de centro hicieron efecto muy temprano. “Cálmate, estarás bien” trata de serenar al nervioso joven que lucha con el saco de color hueso que encontró al final del armario.
- Espera, ¡es de mujer!- espeta al darse cuenta de que no le cierra completamente.
- Fue lo único que Maggie dejó cuando se fue esa noche- responde Joe en un tono solemne.
- Esa perra...- dice Finn al recordar la huida de su hermana. Sin embargó, no esperaba que su tío, le diera una terrible bofetada. “A pesar de todo, ella siempre te quiso, ¡qué no se te olvide!”. El joven ha lograda calmarse. Tal vez era eso lo que necesitaba.
Al llegar a la mansión donde se realiza la fiesta, minutos antes de las nueve, el guardia detiene a Finn en su auto, antes de la entrada, argumentando que no puede pasar ya que tanto el apellido Bell como Dinsmoor no están en la lista de invitados. Observa su tabla de control y vuelve a negar con la cabeza. Nuestro principal trata de disuadirlo para entrar y buscar a Estella, pero el guarda ya ha dicho la última palabra. Se va a su cubículo y permite la entrada a dos personas sin siquiera revisar la lista.
Finn golpea el volante de la camioneta de su tío. La misma en la que fue la primera vez a Paradiso Perdutto. Y sin embargo, presiente que la noche aún tiene mucho que dar.
Orilla el vehículo y se estaciona en un paraje arbolado muy cerca de la mansión. A lo lejos se logra ver la cantidad enorme de luces en cada salón de la casona y deslumbran hasta la misma penumbra de la tierna noche, y se percibe la música que escuchan: no es del agradao de Finn.
Éste se recuesta sobre el volante. Apenas cierra los ojos cuando un golpeteo en la ventana del lado del pasajero lo sorprende. Es Estella.
Finn abre de inmediato la puerta y la invita a pasar. Y esperando una respuesta negativa, agacha la cabeza. “Gracias” responde.
En todos estos años Finn tuvo que soportar el desdén y el menosprecio de Estella. Muy pocas veces le dirigió la palabra, y sólo era para hacerle ver sus errores y desaciertos.
Pero ahora, ella estaba tan cerca que ya no importaba; y aunque sólo fuera eso, Finn estaba feliz.
- La noche es bastante joven todavía, ¿por qué no vamos a algún lugar...digamos, tu casa?- inquiere Estella arreglando su cabello suelto y alejándolo de su rostro con ambas manos.
Finn duda un poco, pero recuerda que Joe estará hasta tarde con unos amigos. Dice que no hay problema. Enciende las luces de la camioneta, luego el motor.
En la lejanía se envuelven los sonidos de la música, la gente y la camioneta alejándose.
Las escaleras de la entrada principal rechinan con los pasos de la pareja. Finn se adelanta y abre la puerta para Estella.
Y ahí está. Con su vestido a rayas horizontales gruesas, alternadas en blanco y negro, con los hombros descubiertos y terminando a la mitad del muslo en una serie olanes de color blanco. Su cabello se mecía de un lado a otro cada que avanzaba y dejaba impregnado en el aire su aroma semejante al mar. Ahí estaba.
- El techo es de hoja de oro genuina. La forma es de la Alhambra en España – bromea Finn, recordando las primeras palabras que la otrora niña le dijera ese día en la mansión Dinsmoor.
Estella sólo sonríe y avanza más allá de la sala de estar, entra por un pasillo y finaliza en la habitación del fondo de éste. Finn sólo la sigue, todavía maravillado por la situación que nunca pensó que llegaría, y ahora no sabe cómo actuar. Ambos entran a la pieza del joven Bell: decenas de dibujos alrededor de la parte superior del cuarto (en el pequeño espacio convexo entre muro y techo) acerca de peces y formas de vida marinas; en el techo, en el centro, cuatro lienzos que entre si formaban estrellas; en el muro frente a la puerta, algunas obras basadas en animales como perros y gatos; en el panel donde se localiza la puerta, las plantas son el motivo de la decena de obras que la engalana; en el extremo occidental a la entrada, paisajes de la costa y de la playa; y sin embargo, en el lado oriental a la puerta es la que más dibujos posee (una serie de retratos de la gente que conoce). La bella joven observa la habitación repleta de pinturas y retratos de su admirador silente y no puede hacer más que aceptar el talento nato de su acompañante.
- Vaya, veo que has seguido con tus dibujos. Son en verdad buenos- dice mientras observa la serie de lienzos pegados al techo del cuarto.
- Si, gracias...- contesta un tímido Finn, cual si fuera el niño aquel de la primera vez en el “Paraíso Perdido”.
- Deberías pensar en exponer. Dudo que te rechacen...- argumenta antes de acercarse al, tal vez por descuido, tenuemente alumbrado escritorio de Finn (que se encuentra cerca de la pared occidental), toma un dibujo todavía no terminado. Lo observa detenidamente. Es ella.
- A veces suelo dibujar de las imágenes que guardo en mi cabeza...- dice de nuevo con un semblante de timidez, pero más que eso, como si estuviera avergonzado de que se diera cuenta de que la continua dibujando.
- Me siento halagada...- dice cuando lleva su mano derecha hacia su barbilla en un desplante de asombro bastante refinado. – Entonces,- continúa- ¿me consideras bella?
Se acerca lentamente a Finn, el cuál se aleja a cada paso que ella da hasta llegar a la cama al lado izquierdo de la puerta.
Finn tropieza y cae en la cama. Estella se detiene y le pide que se siente. Lo hace lentemente, incorporándose con la mano izquierda. La joven se para justo en frente de él; arquea su pierna derecha para adelantarla a su cara. Los ojos de Finn no pueden dejar de ver el muslo semicubierto por el vestido bicolor.
- Han sido muchos años, Finn, ¿crees que no me he dado cuenta?
- Y-yo...- nuestro amigo no puedo seguir. Estella le ha tomado la mano derecha y la ha colocado cerca de su pierna. Un extasiado joven Bell siente, después de ocho largos años, la piel porcelanizada de quien ha sido su amor platónico. Acaricia suavemente el muslo, cerca de la rodilla; ahora, con la mano izquierda en la otra pierna de la joven Dinsmoor, comienza a subir y a pasar de largo el vestido: toca delicadamente, dando círculos, los muslos por debajo de la falda. Continúa subiendo.
Estella sólo mueve la cabeza de un lado a otro, hacia atrás y adelante en pequeñas oscilaciones, en círculos en breves lapsos. Todo producto de la sensación que le produce su admirador otrora callado y tímido.
Finn se agacha un poco y acerca a Estella por la cara interior de sus piernas. Abre la boca y con su cálido aliento las cubre, como si una caricia del aire se tratase. Ahora se incorpora lentamente, sacando sus manos de debajo de la falda, pero manteniendo cercada la figura de la esbelta mujer. Recorre todo el talle de Estella con ambas manos hasta dar un giro por su espalda y sujetar sus hombros mientras ella extiende sus brazos para abrazarlo por la cintura. Ambos rostros se encuentran a pocos centímetros uno del otro. Besando su barbilla, para seguir con la nariz y frente, un emocionado Finn, con la boca entreabierta, emana el mismo hálito que estremeció sus piernas, ahora en sus párpados.
Después, una descarga de sentimiento invade todo el cuerpo de Finn. Desde los pies hasta el último cabello de su cabeza. Una tremenda onda de choque, únicamente semejante a aquella que tuviera tiempo atrás en la vieja fuente. Pero ahora no había ninguna fuente, no estaban en “Paradiso Perduto”, y, lo más importante, ya no eran unos niños. La lámpara del escritorio los iluminaba lo necesario para hacer notar que ambos se habían enfrascado en un abrazo que parecía durar años. Finalmente, Bell ha besado a Estella.
Los ojos de ambos se cierran al unísono, como si no importara absolutamente nada más en ese momento. Como si fueran sólo ellos. Cómo si la Sra. Dinsmoor no lo hubiera planeado.
La joven abre los ojos, se aleja un poco para concluir el beso. Arroja a Finn a la cama. Éste, con una mirada atónita, logra verla salir de su habitación rápidamente. Se incorpora y le da alcance en la sala, “Estella, espera”. Ella sólo voltea y le dice que tiene que regresar a casa, “mañana será un día bastante ajetreado”.
- Por favor, Estella, no te vayas. No quiero que te vayas del Golfo... Quédate conmigo, sólo esta noche...- solicita Finn sosteniendo las manos de ella entre las suyas. No obtiene la respuesta que deseaba. Ella rompe su unión con Finn y se va.
- Gracias por ésta noche, Finn, nunca la olvidaré.- termina antes de salir por la puerta principal y hacer rechinar la madera de las escaleras de nuevo.
Al día siguiente Finn acude a “Paradiso Perduto” muy temprano en busca de Estella. Ahora que siente que no le es indiferente, no puede dejar de pensar en ella. Después de tantos años, su silencio por fin fue escuchado e interpretado de la forma que deseaba. Atraviesa rápidamente el jardín frontal. La puerta está abierta. Recorre el mismo pasillo que ha recorrido todos los últimos sábados de su vida. Entra al salón donde suele encontrar a la Sra. Dinsmoor. No está.
Recorre varios pasillos, hasta que, cerca del que da al jardín trasero, voltea a su izquierda, hacia la puerta de cristal que lleva a la enorme terraza con vista a la playa. Ahí está la dueña de la casona.
- Sra. Dinsmoor...- se acerca a la espalda de la figura desgarbada de brazos cruzados, vestida de blanco, con el maquillaje cargado que siempre ha usado.
- El mar...Éste lugar – comienza en un tono suave, rayando en tristeza sin voltear – era el que más me gustaba cuando era niña. Pasaba horas aquí, observando las olas. De vez en cuando veía un pescador a la lejanía...
- Vengo a buscar a Estella- interrumpe Finn, ya acostumbrado a esos desvaríos.
- Estella...Estella va a acabarlos a todos. Todos querrán amarla. Es hermosa...
- ¿Dónde está Estella?- vuelve a interrumpirla, ahora con un semblante de hartazgo.
- Se ha ido. ¿No se despidió?- voltea hacia Finn girando un poco, aun con los brazos cruzados.
Finn siente como un frío inexplicable le recorre todo el cuerpo. Su vista se pierde, pero no como la de la anciana, pues sólo por el exterior pasa así: en el interior ve como sus ilusiones se rompen poco a poco. El sentimiento que por años profesó a Estella, ahora se nota como una carga pesada que ha terminado por aplastarlo. Ella no se despidió. Quizá no quería herirlo o quizá fue algo intempestivo o... no, Finn sabe que no fue por eso. Sencillamente no quiso decírselo.
Comenzaré este blog con un fragmento de mi pseudonovela, inspirada en la adaptación de Alfonso Cuarón del libro Great Expectations de Charles Dickens.
En este ejercicio narrativo pude darme la oportunidad de expresar muchas de las cosas que sentí al momento de ver la película (todavía no termino de leer la novela original). Así que, se pude argumentar que en cierta forma, asimilé al personaje como si yo estuviera viviendo sus peripecias.
Bien, comenzamos:
" Te preguntas qué tan diferente hubiera sido tu vida si sólo una cosa, una pequeña cosa no hubiera pasado... Tal vez esto no es como ocurrió, pero sí como recuerdo. Mi nombre es Finnegan Bell, pero todos me dicen Finn. Tengo ocho años. Vivo con mi hermana y su novio; mis padres murieron cuando era muy pequeño...A veces suelo salir a pescar por las mañanas y mientras espero a que pique uno, dibujo. Tengo un libro lleno de todos esos dibujos ellos. No son muy buenos, pero me gustan."
En alguna parte cercana a la costa del Golfo... Finn se sienta cómodamente en la proa del bote y de pronto observa algo raro al lado del mismo. Mira encima de esa porción de agua y se asusta al ver un rostro con los ojos cerrados; acto seguido, un individuo con traje naranja sale del agua y se abalanza hacia el bote. El niño, asustado, no sabe qué hacer. Cuándo está a punto de gritar, el sujeto emergido le tapa la boca con la mano izquierda y le dice con una voz espeluznante, muy cerca de su rostro: Susurra.
Le explica que acaba de escapar de la prisión y que necesita ayuda para alejarse. En eso, ve el libro de dibujos tirado en medio del bote y lo toma. “Un artista, ¿ah?” dice en un tono sorprendido. Luego, el sujeto le pregunta por su nombre, y habiéndolo obtenido (más por miedo que por cortesía), se presenta como Arthur Lustig. Entonces, un más asustado Finn le dice que le ayudará con tal de que no le haga nada. Lustig le indica que consiga unos corta pernos para librarse de las cadenas que aprisionan los pies del convicto y algo de comer. Deberá presentarse al alba del día siguiente en la costa más cercana a ese punto.
-Donde están esos matorrales,- le señala con la mano derecho, la izquierda sigue aún muy cerca del rostro del niño, aunque ya no lo aprisiona – y si no lo haces, recuerda que sé tu nombre y puedo ir a buscarte a ti y a tu familia.- amenaza, para posteriormente saltar al agua y perderse.
Finn, todavía atemorizado, regresa rápidamente a la bahía. Amarra el bote y corre hacia las cabañas cercanas. Antes de terminar el puente de madera que une a tierra firme, se topa con Joe, su tío.
- ¡Hey! ¿A dónde vas con tanta prisa?
- Mmmm...- piensa el pequeño Finn- Debo hacer tareas que me encargó Maggie.
- De acuerdo, pero tómalo con calma, no queremos ningún accidente, ¿verdad?
- Es cierto. Bien, nos vemos Joe.- Finn reanuda su carrera.
- ¡Hey! – llama antes de que el niño se aleje- ¿Cómo fumas un pez espada?
- ¡Te lo pones en la boca y lo enciendes! – ambos contestan con una sonrisa. El niño emprende la carrera una vez más.
“Prohibieron el uso de redes ese año en el Golfo...eramos pobres. Salíamos adelante con lo que Joe ganaba de algunos quehaceres y su servicio de jardinería.”
Al llegar a casa, Finn tiene que soportar una más de las discusiones por dinero que tienen su hermana y Joe.
"Crecí en lo que supongo era una cierta libertad de parte de mi hermana Maggie. Joe era su novio. Y eran mi única familia."
Por lo general, esas discusiones ayudan a que pueda conciliar el sueño pronto. Va a la cama muy temprano esa noche.
De alguna forma, quizá por una fuerza extraña que despierta en él un ansia de aventura, Finn despierte antes del alba. Busca los corta pernos y comida, y tal vez porque algo le indica que está bien, medicamentos y alcohol.
Al llegar a la zona indicada, el convicto le pide que se acerque a un punto donde alcanza a llegar tenuemente la luz de un faro lejano. Observa lo que el niño trae consigo: un par de sandwiches, una caja de percodan y una de advil, además de los corta pernos y la botella con alguna bebida etílica. Toma los corta pernos y logra forzar las cadenas fuera de sus pies sangrantes. Toma la botella y vierte parte del alcohol en ellos para ayudar a la cicatrización. El resto, lo bebe de un solo trago. Finn le ofrece los sandwiches y él los toma, más bien, los arrebata de sus manos. Lustig le agradece y le dice que prepare el bote, que pronto se partirán. Finn no puede reaccionar del miedo que le provoca la mirada del convicto: ojos negros, casi sin brillo, como si no existiera ninguna luz que quiera ser reflejada en ellos; esa mirada congelaba toda la espina del pequeño. No puede hacer nada, aunque llore, no podrá escapar de su destino.
O eso piensa.
A punto de entrar en aguas internacionales. Lustig recostado de frente al conductor del bote, observa una pequeña torreta en la lejanía. Le dice a Finn que se acerque a una boya. En realidad lo que Lustig vio era un bote policía que se acercaba a la embarcación, por lo cual salta al agua y nada hasta esconderse detrás de la señal marítima.
-¡Hey niño! ¿Qué haces por aquí? Estás muy alejado de la costa...- cuestiona el policía que ya ha dado alcance a nuestro protagonista.
- Salí a pasear- responde tímidamente.
El vigilante le pregunta si ha visto a una persona con un traje naranja de la prisión. A lo cual Finn se limita a decir “no”.
-Está bien, ata esta cuerda, te remolcaremos a la costa.- Dice a la vez que le arroja la soga.
Ya cuando el bote está atado a la nave del vigilante, Finn recuerda que bajo su asiento guarda un chaleco salvavidas. Lo arroja hacia la boya.
Y se aleja.
A la semana siguiente, mientras veía la televisión, más específicamente las noticias, escucha sobre la detención y próxima ejecución de Arthur Lustig, antiguo asesino de la mafia.
“Y eso fue el fin de todo. Quizás han tenido experiencias así... en la niñez...quizás han tenido esa experiencia con un mundo tan grande que rara vez o nunca la han vuelto a ver.”
Mientras la camioneta de servicios de Joe se acerca a una vieja casona, la frescura de los árboles y las sombras que de ellos nacen cubren el rostro de Finn. El cuál parece más aliviado que antes recostado en la parte posterior del vehículo.
Joe recibió una llamada hace dos días, de la Sra. Dinsmoor, para que se encargara de arreglar el jardín de la propiedad. Entonces, llegan a la entrada de la finca. “Paradiso Perduto”.
Los años le han caído mal a la anterior residencia, se necesitaría años para arreglar el jardín: hiedra colgando de todas partes, matorrales gigantescos, y árboles más viejos que toda la región del Golfo.
Antes servía para grandes recepciones, ahora sólo la Sra. Dinsmoor vive ahí.
Al bajar de la camioneta, Joe decide entrar sólo: “No vayas a entrar por ningún motivo. No sabemos qué cosas pueda haber en esta jungla”. Finn baja del vehículo. Camina un poco y llega a un columpio. Al empezar a mecerse, una mariposa posada en una piedra (que alguna vez fue una escultura de un querubín) llama su atención. La observa detenidamente, cómo si todo lo demás sucediera en cámara lenta. Las alas color naranja con líneas y formas en negro, se abren a la luz del día, recibiendo los rayos cálidos del sol en un día de verano.
De pronto. Ella. La mariposa emprende el vuelo, cuál si se sintiera menos ante una criatura de mayor belleza. Y así es. En la lejanía, más allá del punto de enfoque en el insecto, las formas bañadas en color oro y blanco asustaron al pequeño bicho, a la vez que desconcertaron al pequeño Finn. Entonces, el niño logra, en un momento que dura una eternidad en tan sólo unos segundos, verla cara a cara... El tiempo se congela. La luz del sol se desvanece ante el brillo que emana ese pequeño ser. Los pájaros que habitan en los árboles cercanos comienzan un coro celestial tal vez en su honor...Y Finn no logra concebirlo, se ha quedado pasmado.
-Finn, ¡vámonos!-. Joe ha vuelto, y el niño lo corrobora volteando a su izquierda, sin embargo, cuando voltea de nueva hacia la piedra, ella ha desaparecido.
-Esta vieja debe estar loca, me dio US$500 para la gasolina por debajo de la puerta. Dijo que podemos empezar cuando queramos.- dice un Joe con un semblante de felicidad que únicamente puede dar el dinero.
El pequeño Bell todo el camino de regreso, pensó en ella. ¿Fue real?
De vuelta en casa, y no habiendo pasado la felicidad del tío por haber obtenido un dinero tan fácil, ven que Maggie está hablando por teléfono. “Si Sra. Dinsmoor, yo hablaré con él...No creo que haya problema. Gracias. Adiós”. Justo cuando Joe pensaba que no podía ser tan bueno el asunto y que debía regresar el dinero, Maggie se acerca a Finn y le dice que la Sra. Dinsmoor lo quiere ver.
Joe no puedo creerlo, ya que la señora no lo vio en ningún momento. A lo cuál la hermana del pequeño dice que lo pudo haber visto por una ventana, pero da igual. De todos modos la señora está dispuesta a pagar su asistencia. La pareja se alegra, pues parece que han encontrado un forma de librar momentáneamente sus problemas económicos.
Nuestro protagonista solamente se sorprende.
-Recuerda decir “por favor” y “gracias”- dicta Maggie a Finn ante la puerta de “Paradiso Perduto”.
Atraviesa la puerta y toma el camino apenas visible entre los espesos matorrales. Tal vez sólo un pase por el mundo en su etapa jurásica pudieran ser comparados con ese paisaje vegetal.
Toca la puerta de madera con un tinte de color oro y un enorme adorno central, tal vez el escudo de armas de la familia. La puerta se abre lentamente.
-Acompáñame.- dice Ella.- El techo es hoja de oro genuina. La forma fue copiada de la Alhambra en España.- expone la niña, a la vez que recorren un amplio pasillo lleno de luz, quizá producto del reflejo del citado oro. El mismo pasillo es coronado con una fuente enorme en el centro de toda la estructura, con agua limpia y cristalina corriendo por sus cuatro niveles en relieve, unidos por una columna central, de dónde emana parte del vital líquido, la otra parte nace del borde de cada nivel.
-Aquí es- termina la niña de no más de 12 años. De piel blanca como la misma luz que sólo contrasta con el rubio, casi oro de se cabello y el azul intenso de sus ojos.
Finn se perdió desde el momento en que le dijo “acompáñame”.
“Bésame...bésame mucho... each time I bring you a kiss/Chikaboom/... I hear music divine..../Chikaboom”. La música inunda el salón al que el niño entra con más miedo que timidez. Un gato pasa enfrente de Finn, asustándolo más .
“Nora Driggers Dinsmoor... la mujer más rica del Golfo. Dicen que perdió la cordura hace 30 años cuando su prometido la abandonó en el altar.”
El lugar apesta a orines de gato y a plantas marchitas. Y de entre todas las macetas rotas y cojines para gato, de entre los cuadros con paisajes hermosos ya añejados por el tiempo y de entre los muebles usados hasta el cansancio, está ella. Y por lo menos quince gatos.
“So bésame, bésame mucho, /Chikaboom/ Yeah I love you forever / Chikaboom/ say that you’ll always be mine...”
Se desvanece la música.
- Esta canción me provoca muy bellos recuerdos...¿Quién eres tu? ¿Qué haces aquí?- cuestiona la Sra. Dinsmoor con una voz áspera. Una mujer de edad avanzada, ataviada con un vestido largo y cerrado en color verde olivo; con un gorro de lana del mismo color con adornos de pedrería. Muy al estilo de los años veinte. Las arrugas de su rostro y manos intentaban ser disimulados por el maquillaje color bronce. De igual manera, la sombra azul que rodeaba sus ojos sólo servía para confirmar la excentricidad de la señora de la casa.
- So...Soy Finn, usted me llamó.
-¡Ah! ¿Para qué te querría yo? Pero bien, ya que estás aquí... Haz lo tuyo. Adelante.- se acerca a un diván y se sienta, no sin antes apartar a un gato especialmente grande. “El gato más grande que he visto”, piensa Finn.
-¿Qué come?- pregunta el niño. A lo que la vieja responde: “otros gatos...” Y continúa Finn:
- Y ¿qué quiere que haga por usted?
- Lo tuyo, vamos, no tengo todo el tiempo...Mmmm ¿sabes? Mejor no, así no me sirves, mejor véte de...
-¡Sé dibujar!- contesta apresuradamente a la vez que la vieja Dinsmoor comienza a empujarlo.
- Está bien, quédate. ¿Podrías hacerme un retrato?- Inquiere la anciana, y sin esperar respuesta se acerca a al puerta, apartando un gato de su camino.
- Estella, Estella, ven por favor.
-¿Si abuela?- contesta la niña, acudiendo rápido al llamado de su abuela.
-Finn va a hacerte un retrato- le dice a la par que la insta a pasar con un movimiento de cabeza. Ambas caminan hacia Finnegan.- Vas a hacerle un retrato a mi nieta- demanda la anciana.
Ella misma rompe un gran pedazo del papel tapiz de la pared más cercana al niño y toma un delineador de su desordenado tocador. Le entrega a Finn sus dos herremientas. Éste se sienta en el diván, y la anciana lo hace a su lado. Estella toma un pequeño taburete y lo acerca al joven artista.
Las líneas comienzan a fluir de la mano del joven Bell, sin importar a mirada pesada y abrumada por el alcohol y cigarro de la Sra. Dinsmoor. El dibujo del rostro de Estella la hace parecer más enternecedora que la verdadera, fría y apática.
-Es preciosa ¿verdad?- pregunta la longeva señora al oído del niño.
-Yo creo que es una snob.- responde Finn de igual manera. Prosigue con su dibujo.
- La vas a amar, joven Finn. Pero te romperá el corazón...- expresa con un talante de dolor.
- Abuela, no le digas nada al extraño- interrumpe Estella, mientras ve directamente a los ojos de Finn.
-No, Estella, no le comentaba nada...- de nuevo la nieta interviene con una expresión en francés que Finn no logra comprender, y que la abuela responde en el mismo idioma.
- Mejor terminamos con esto luego.- concluye la niña.
- No hay problema, ya acabé.
Finn le muestra el trabajo a la Señora y ella lo alaba por su destreza y definición de estilo a tan corta edad. A pesar de todo, tal vez la anciana no esté tan loca.
La abuela se levanta y lleva consigo el lienzo improvisado para mostrárselo a su nieta. Ésta sólo le da una breve mirada y pide permiso para retirarse. Al escuchar esto, Finn recuerda que debe ir temprano a casa. La vieja Dinsmoor le pide a Estella que lo acompañe a la salida, no sin antes darle un sobre con dinero destinado a su tío, en mera expresión de agradecimiento.
Estella camina apresuradamente, cómo si no soportara la presencia del joven Bell en su casa. Aunque, quizá no era eso.
Al llegar al pasillo coronado con la fuente de cuatro niveles, la niña sube la base y del nivel a su altura, (el tercero, de abajo hacia arriba) comienza a beber agua. Da un pequeño sorbo.
Limpiando su boca con el dorso de la mano, invita al niño a tomar agua. “Está deliciosa” le dice.
Quizá era la luz que rebotaba en cada gota de agua lo que hacía que sus ojos lucieran más azules. O tal vez el reflejo de un rayo de luz por un ventanal al este de la fuente lo que hacía que el rubio de su cabello aparentara brillar más que el mismo elemento áureo del techo. Con eso bastó para convencer a Finn.
Se acercó lentamente hasta donde estaba la niña, y del mismo nivel, aunque del lado opuesto, comenzó a beber de los borbotones que nacían del borde de la parte inferior de dicho nivel y que se mezclaban en el centro con las pequeñas caídas del nivel superior.
La boca de Finn disfrutaba del vital líquido, y de pronto, ella. Estella había acercado su boca a la del niño y lo besó, ante la sorpresa de éste. Finn experimentaba su primer beso con quien menos había pensado. Los ojos de Finn sentían brotar de sus órbitas. El ritmo cardíaco aumentaba considerablemente.
“Ese día lo comprendí. La forma de vida de los ricos y mi añoranza comenzaron ese día, pintar para los ricos, tener su libertad...Para amar a Estella... Eran las cosas que no podría tener.”
Al llegar a su casa, ya a punto de caer la noche, envuelto en una tarde oscura por la cantidad de nubes que circundaban el lugar, Finn se dirige rápidamente a su habitación: un cubículo lleno de sus cuadros y dibujos de peces y cosas que a diario ve; principalmente abunda la acuarela y colores fríos en sus obras. Comienza a llover.
Joe está en la sala observando la televisión. Maggie entra a la habitación de su hermano mientras éste dibuja lo que tiene en la mente en ese momento: Estella. Se acerca y se inclina a ver qué es lo que hace Finn. Le acaricia la cabeza y le dice lo bonita que es la niña del retrato. “Por favor nunca dejes de pintar”. Maggie se despide argumentando que va a una fiesta de sus amigas. “Te veo mañana, hermana” se despide Finn.
Nunca más volvió Maggie. Joe dijo que fue por el dinero. O más bien, la falta de éste.
“Maggie se fue esa noche...nunca regresó. Joe me crió, nunca dijo una palabra acerca de eso.”
Y, así de pronto, pasaron ocho años.
Finn asistía a Paradiso Perduto todos los sábados. El dinero que cada uno de esos días recibía era destinado para sus materiales de dibujo. Los años le ayudaron a desarrollar más su habilidad y a rendir tributo de vez en cuando a la belleza que más le agradaba: Estella. Todo este tiempo se ha mantenido en silencio, pues la ahora bella joven que cautivó a Finn ese día, lo sigue tratando con la misma fría mirada.
Y sin embargo, lo más importante, el acudir y servir de diversión por un momento a la Sra. Dinsmoor le permitían verla.
Uno de esos sábados, luego de terminar una sesión de baile coordinada por Nora Driggers y su pareja, Estella, Finn avisa que se dispone a regresar a su casa. A la vez que escucha esto, la ahora joven adolescente Estella, se aproxima a su aún más anciana abuela y le recuerda que en la noche tiene una cena de gala y no puede faltar. Al escuchar esto, la vieja Dinsmoor detiene a Finn a la salida del salón. Le pide que acompañe a Estella a esa cena. Él responde que no tiene ninguna inconveniencia salvo lo que Estella pudiera decir. Ésta se muestra inconforme con la idea de ser acompañada por alguien como Finn. Pero, acercando su delineada figura, recubierta por un vestido corto de color blanco le dice, cara a cara, “te dejaré la dirección en la entrada, te espero ahí a las nueve en punto”. Se va antes que Finn pueda decir algo.
La Sra. Dinsmoor sonríe complacida. Prende un cigarrillo. Inhala un poco.
Sin embargo hay algo qué inquieta a nuestro amigo Finn, ¿por qué la Sra Dinsmoor habrá querido eso?
Parado aún en la puerta del salón, el joven Bell, apenas terminada su sorpresa y contenida emoción por salir por fin con Estella reanuda su intención de salir. Sin embargo, la anciana lo detiene. Le pide que se acerque a ella. Se sienta en el diván cercano a ella, le pide que haga lo mismo. Le susurra algo al oído. La expresión apacible del muchacho cambia a una de tristeza callada.
- Si, Estella dejará el Golfo muy pronto. Este lugar es muy poco para ella. Está destinada a algo mejor...- inhala de nuevo el humo de su cigarrillo.
“¿Por qué me lo dijo?...¿Me lo dijo para herirme, para desubicarme, para volverme loco..? No me importó... Si era una pista o una broma o una petición...No me importó... No, me lo dijo para que la detuviera...Y por su puesto que lo haría.”
Esa misma noche, en casa de Finn y Joe, el primero se muestra nervioso caminando de un lado a otro de la sala mientras Joe lo contempla calmado, quizá el alcohol vertido de ese par de botellas de la mesa de centro hicieron efecto muy temprano. “Cálmate, estarás bien” trata de serenar al nervioso joven que lucha con el saco de color hueso que encontró al final del armario.
- Espera, ¡es de mujer!- espeta al darse cuenta de que no le cierra completamente.
- Fue lo único que Maggie dejó cuando se fue esa noche- responde Joe en un tono solemne.
- Esa perra...- dice Finn al recordar la huida de su hermana. Sin embargó, no esperaba que su tío, le diera una terrible bofetada. “A pesar de todo, ella siempre te quiso, ¡qué no se te olvide!”. El joven ha lograda calmarse. Tal vez era eso lo que necesitaba.
Al llegar a la mansión donde se realiza la fiesta, minutos antes de las nueve, el guardia detiene a Finn en su auto, antes de la entrada, argumentando que no puede pasar ya que tanto el apellido Bell como Dinsmoor no están en la lista de invitados. Observa su tabla de control y vuelve a negar con la cabeza. Nuestro principal trata de disuadirlo para entrar y buscar a Estella, pero el guarda ya ha dicho la última palabra. Se va a su cubículo y permite la entrada a dos personas sin siquiera revisar la lista.
Finn golpea el volante de la camioneta de su tío. La misma en la que fue la primera vez a Paradiso Perdutto. Y sin embargo, presiente que la noche aún tiene mucho que dar.
Orilla el vehículo y se estaciona en un paraje arbolado muy cerca de la mansión. A lo lejos se logra ver la cantidad enorme de luces en cada salón de la casona y deslumbran hasta la misma penumbra de la tierna noche, y se percibe la música que escuchan: no es del agradao de Finn.
Éste se recuesta sobre el volante. Apenas cierra los ojos cuando un golpeteo en la ventana del lado del pasajero lo sorprende. Es Estella.
Finn abre de inmediato la puerta y la invita a pasar. Y esperando una respuesta negativa, agacha la cabeza. “Gracias” responde.
En todos estos años Finn tuvo que soportar el desdén y el menosprecio de Estella. Muy pocas veces le dirigió la palabra, y sólo era para hacerle ver sus errores y desaciertos.
Pero ahora, ella estaba tan cerca que ya no importaba; y aunque sólo fuera eso, Finn estaba feliz.
- La noche es bastante joven todavía, ¿por qué no vamos a algún lugar...digamos, tu casa?- inquiere Estella arreglando su cabello suelto y alejándolo de su rostro con ambas manos.
Finn duda un poco, pero recuerda que Joe estará hasta tarde con unos amigos. Dice que no hay problema. Enciende las luces de la camioneta, luego el motor.
En la lejanía se envuelven los sonidos de la música, la gente y la camioneta alejándose.
Las escaleras de la entrada principal rechinan con los pasos de la pareja. Finn se adelanta y abre la puerta para Estella.
Y ahí está. Con su vestido a rayas horizontales gruesas, alternadas en blanco y negro, con los hombros descubiertos y terminando a la mitad del muslo en una serie olanes de color blanco. Su cabello se mecía de un lado a otro cada que avanzaba y dejaba impregnado en el aire su aroma semejante al mar. Ahí estaba.
- El techo es de hoja de oro genuina. La forma es de la Alhambra en España – bromea Finn, recordando las primeras palabras que la otrora niña le dijera ese día en la mansión Dinsmoor.
Estella sólo sonríe y avanza más allá de la sala de estar, entra por un pasillo y finaliza en la habitación del fondo de éste. Finn sólo la sigue, todavía maravillado por la situación que nunca pensó que llegaría, y ahora no sabe cómo actuar. Ambos entran a la pieza del joven Bell: decenas de dibujos alrededor de la parte superior del cuarto (en el pequeño espacio convexo entre muro y techo) acerca de peces y formas de vida marinas; en el techo, en el centro, cuatro lienzos que entre si formaban estrellas; en el muro frente a la puerta, algunas obras basadas en animales como perros y gatos; en el panel donde se localiza la puerta, las plantas son el motivo de la decena de obras que la engalana; en el extremo occidental a la entrada, paisajes de la costa y de la playa; y sin embargo, en el lado oriental a la puerta es la que más dibujos posee (una serie de retratos de la gente que conoce). La bella joven observa la habitación repleta de pinturas y retratos de su admirador silente y no puede hacer más que aceptar el talento nato de su acompañante.
- Vaya, veo que has seguido con tus dibujos. Son en verdad buenos- dice mientras observa la serie de lienzos pegados al techo del cuarto.
- Si, gracias...- contesta un tímido Finn, cual si fuera el niño aquel de la primera vez en el “Paraíso Perdido”.
- Deberías pensar en exponer. Dudo que te rechacen...- argumenta antes de acercarse al, tal vez por descuido, tenuemente alumbrado escritorio de Finn (que se encuentra cerca de la pared occidental), toma un dibujo todavía no terminado. Lo observa detenidamente. Es ella.
- A veces suelo dibujar de las imágenes que guardo en mi cabeza...- dice de nuevo con un semblante de timidez, pero más que eso, como si estuviera avergonzado de que se diera cuenta de que la continua dibujando.
- Me siento halagada...- dice cuando lleva su mano derecha hacia su barbilla en un desplante de asombro bastante refinado. – Entonces,- continúa- ¿me consideras bella?
Se acerca lentamente a Finn, el cuál se aleja a cada paso que ella da hasta llegar a la cama al lado izquierdo de la puerta.
Finn tropieza y cae en la cama. Estella se detiene y le pide que se siente. Lo hace lentemente, incorporándose con la mano izquierda. La joven se para justo en frente de él; arquea su pierna derecha para adelantarla a su cara. Los ojos de Finn no pueden dejar de ver el muslo semicubierto por el vestido bicolor.
- Han sido muchos años, Finn, ¿crees que no me he dado cuenta?
- Y-yo...- nuestro amigo no puedo seguir. Estella le ha tomado la mano derecha y la ha colocado cerca de su pierna. Un extasiado joven Bell siente, después de ocho largos años, la piel porcelanizada de quien ha sido su amor platónico. Acaricia suavemente el muslo, cerca de la rodilla; ahora, con la mano izquierda en la otra pierna de la joven Dinsmoor, comienza a subir y a pasar de largo el vestido: toca delicadamente, dando círculos, los muslos por debajo de la falda. Continúa subiendo.
Estella sólo mueve la cabeza de un lado a otro, hacia atrás y adelante en pequeñas oscilaciones, en círculos en breves lapsos. Todo producto de la sensación que le produce su admirador otrora callado y tímido.
Finn se agacha un poco y acerca a Estella por la cara interior de sus piernas. Abre la boca y con su cálido aliento las cubre, como si una caricia del aire se tratase. Ahora se incorpora lentamente, sacando sus manos de debajo de la falda, pero manteniendo cercada la figura de la esbelta mujer. Recorre todo el talle de Estella con ambas manos hasta dar un giro por su espalda y sujetar sus hombros mientras ella extiende sus brazos para abrazarlo por la cintura. Ambos rostros se encuentran a pocos centímetros uno del otro. Besando su barbilla, para seguir con la nariz y frente, un emocionado Finn, con la boca entreabierta, emana el mismo hálito que estremeció sus piernas, ahora en sus párpados.
Después, una descarga de sentimiento invade todo el cuerpo de Finn. Desde los pies hasta el último cabello de su cabeza. Una tremenda onda de choque, únicamente semejante a aquella que tuviera tiempo atrás en la vieja fuente. Pero ahora no había ninguna fuente, no estaban en “Paradiso Perduto”, y, lo más importante, ya no eran unos niños. La lámpara del escritorio los iluminaba lo necesario para hacer notar que ambos se habían enfrascado en un abrazo que parecía durar años. Finalmente, Bell ha besado a Estella.
Los ojos de ambos se cierran al unísono, como si no importara absolutamente nada más en ese momento. Como si fueran sólo ellos. Cómo si la Sra. Dinsmoor no lo hubiera planeado.
La joven abre los ojos, se aleja un poco para concluir el beso. Arroja a Finn a la cama. Éste, con una mirada atónita, logra verla salir de su habitación rápidamente. Se incorpora y le da alcance en la sala, “Estella, espera”. Ella sólo voltea y le dice que tiene que regresar a casa, “mañana será un día bastante ajetreado”.
- Por favor, Estella, no te vayas. No quiero que te vayas del Golfo... Quédate conmigo, sólo esta noche...- solicita Finn sosteniendo las manos de ella entre las suyas. No obtiene la respuesta que deseaba. Ella rompe su unión con Finn y se va.
- Gracias por ésta noche, Finn, nunca la olvidaré.- termina antes de salir por la puerta principal y hacer rechinar la madera de las escaleras de nuevo.
Al día siguiente Finn acude a “Paradiso Perduto” muy temprano en busca de Estella. Ahora que siente que no le es indiferente, no puede dejar de pensar en ella. Después de tantos años, su silencio por fin fue escuchado e interpretado de la forma que deseaba. Atraviesa rápidamente el jardín frontal. La puerta está abierta. Recorre el mismo pasillo que ha recorrido todos los últimos sábados de su vida. Entra al salón donde suele encontrar a la Sra. Dinsmoor. No está.
Recorre varios pasillos, hasta que, cerca del que da al jardín trasero, voltea a su izquierda, hacia la puerta de cristal que lleva a la enorme terraza con vista a la playa. Ahí está la dueña de la casona.
- Sra. Dinsmoor...- se acerca a la espalda de la figura desgarbada de brazos cruzados, vestida de blanco, con el maquillaje cargado que siempre ha usado.
- El mar...Éste lugar – comienza en un tono suave, rayando en tristeza sin voltear – era el que más me gustaba cuando era niña. Pasaba horas aquí, observando las olas. De vez en cuando veía un pescador a la lejanía...
- Vengo a buscar a Estella- interrumpe Finn, ya acostumbrado a esos desvaríos.
- Estella...Estella va a acabarlos a todos. Todos querrán amarla. Es hermosa...
- ¿Dónde está Estella?- vuelve a interrumpirla, ahora con un semblante de hartazgo.
- Se ha ido. ¿No se despidió?- voltea hacia Finn girando un poco, aun con los brazos cruzados.
Finn siente como un frío inexplicable le recorre todo el cuerpo. Su vista se pierde, pero no como la de la anciana, pues sólo por el exterior pasa así: en el interior ve como sus ilusiones se rompen poco a poco. El sentimiento que por años profesó a Estella, ahora se nota como una carga pesada que ha terminado por aplastarlo. Ella no se despidió. Quizá no quería herirlo o quizá fue algo intempestivo o... no, Finn sabe que no fue por eso. Sencillamente no quiso decírselo.


1 Comments:
eiii no lo lei todo
pero esta muii interesante
eii hermanito
no seasmamon
ccpt siempre i cuando te portes
bn cuidate muii padre
tu pagina
mnzo
ei idele disculpas
ey platika con el
bno poes espeor k se agan odos tus sueños realdad
oiie peor no le entendi bn de kse trata esk es musho
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